
He estado dándole vueltas estos días a la idea de dar un repaso por los entresijos organizativos de algunas de nuestras confesiones religiosas más conocidas. Son muchos los trabajos que ya existen, pero creo que nunca está de más desandar lo andadado y echar un nuevo vistazo al paisaje. Hay veces en que descubrimos rincones nuevos que nos habían pasado desapercibidos.
La idea finalmente se ha asentado en mi cabeza cuando ayer conocía cómo había aparecido en nuestra historia el Domund; esa campaña misionera que conocimos en la niñez y que yo tengo asociada, inevitablemente al escándalo de Gescartera, cuando se descubrió que algunas órdenes religiosas invertían el dinero que recaudaban para las misiones en bolsa y otros depósitos productivos. Pensé en que pocos conocemos realmente dónde está el origen de algunas cosas con las que convivimos; y en lo interesante que resulta a veces el camuflar ese origen cuando hay algo vergonzante que esconder. Ya llegará el momento de hablar del Domund y de su vergonzante alumbramiento.
Por lo pronto he decidido comenzar por alguna de esas organizaciones que conviven en el seno de la Iglesia católica. Y he decidido empezar por una casi anónima. Nos sonará a todos el Opus Dei; también los Legionarios de Cristo ¡cuánto le debemos al matrimonio Aznar-Botella! Pero ¿quién ha oído hablar de los "kikos"?
Son "kikos" aquellos individuos que, dentro de la confesión económicamente más beneficiada por nuestro Estado aconfesional, integran lo que se ha venido en llamar "Camino Neocatecumenal". El nombre popular con el que son conocidos tiene su orígen en el de su fundador, Francisco José Gómez de Argüello, conocido como Kiko.
Su presencia es discreta. No aparecen en el Código Da Vinci ni en ningún Juzgado; no participan en negociciones con el poder civil que les hagan salir ante los focos abandonando el anonimato en el que viven; y hasta poseen una imagen "estupenda", nada elitista, al lado de los que "menos tienen" y "los que más sufren". El cuento de siempre pero vuelto a repetir una vez más; quizá por eso añaden la partícula "neo" en su caminar catecumenal.
Su origen modesto arranca del papado de Pablo VI. Nacen en España en 1964 como un movimiento dentro de una Iglesia que empieza a intuir que el Nacionalcatolicismo se extinguirá con la muerte del dictador, y que pretende evitar que el Partido Comunista acabe haciéndose con el control de las parroquias obreras, en la decrepitud del general Franco y también en la posterior evolución política hacia la recuperada democracia.
El cardenal Tarancón, que guió con gran lucidez la bajada de la Iglesia del caballo dictatorial en el que había estado subida durante casi cuarenta años, debió intuírlos en todo su esplendor u olerse algo. Apenas sí se desarrollaron bajo su mandato. No sucedió lo mismo, no obstante con su sucesor, Ángel Suquía -recientemente fallecido- que les abrió las puertas de las parroquias, de las catequesis, de los cursos prematrimoniales...
Rouco Varela, a quien tantas letras le hemos dedicado en este hueco de pensamientos, facilitó su expansión. Y ya los tenemos colocados, cómo no, en Latinoamérica. En España cuentan con centros educativos y con tres seminarios, habiéndose visto también favorecidos durante los ocho años de reinado de José María Aznar.
Kiko Argüello toca la guitarra. También pinta con brocha fina. Y fue el encargado de realizar los frescos que decoran la Catedral de la Almudena, en Madrid: No tuvo el menor reparo en copiar los que ya había hecho antes en otro establecimiento religioso en Italia.
El espaldarazo definitivo de los "kikos" se produjo en el momento en que Juan Pablo II les aprobó su estatuto fundacional, afirmando "la validez de su itinerario de formación católica en la sociedad actual".
¿Qué hacen? Ya comento que tocan la guitarra y exhiben una cara amable: Trabajan, y lo han hecho así desde sus primeros pasos, entre las clases más modestas y populares. Alguien mal pensado podría creer que hay diferentes estructuras de atención religiosa en función de las clase social a atender. Si esto es así, los kikos trabajan con los pobres, difundiendo un mensaje conservador, retrógado y fundado en "valores cristianos". Es una arista más de la derecha católica.
En el año 1992 crearon una Fundación llamada "Familia de Nazareth" con el objeto de lograr en esta España aconfesional un beneficioso tratamiento fiscal de sus recursos que, a buen seguro, son cuantiosos para atender tan fatigosas tareas. En función de lo que he leído se especula con el manejo de un presupuesto anual que ronda en este momento los 120 millones de euros, destinados a sostener toda la estructura interminable de formación de curas del movimiento que, como ya señalaba antes, tiene cada vez una mayor implantación en América Latina, haciendo frente al desarrollo de otros nuevos inventos religiosos que merman la estabilidad católica en aquellos lugares, particularmente las iglesias protestantes y los tinglados creados por telepredicadores. Toda una tabla de salvación a la que se agarran desesperadamente los cristianos viejos que dirigen la confesión.
¿De dónde viene el dinero? Según los estatutos fundacionales debería hablarse de donaciones privadas; pero algún litigio ha habido y se sabe que herencias de adeptos y cuotas salariales forman también el alpiste con el que se mantiene el vuelo de este pesado pájaro de dorado plumaje.
Muchas veces, cuando en Francia me preguntan sobre la situación que plantea la situación religiosa en España, observo que en las conversaciones

siempre sale a relucir la secta católica "Opus Dei". Sin embargo existe un gran número de pequeños y grandes tinglados casi desconocidos, que manejan presupuestos ingentes, de los que apenas sí sabemos qué hacen, y que pasan desapercibidos para la gran mayoría ciudadana ¡Y luego hablan del secretismo de los masones! No me anima otra cosa que contribuir desde este pequeño espacio a que se conozca un poquito más de aquello que se ha opuesto con tanta tenacidad a la democracia y a la libertad en las sociedades humanas, pues al fin y al cabo, cuando reflexiono sobre estas cosas no hago más que referirme a la primera forma de dominación conocida del hombre por el hombre. Al menos, así lo veo yo. Por lo tanto, a mayor luz, más libertad.