viernes, diciembre 1

S.I.D.A. veinticinco años después

Algunos de los lugares más concurridos de Gijón, por ejemplo la Plaza Mayor, han aparecido en los últimos días siniestramente engalanados con una gran esquela colocada por el Comité Ciudadano Antisida. Se recuerda a los millones de muertos habidos desde que hace veinticinco años apareciera el primer caso de esta enfermedad.
Pienso ahora en aquellos días de instituto en los que empezaba a cundir la preocupación por una nueva peste que castigaba segmentos concretos de la población. Había, lo recuerdo muy bien, quien encontraba una clara explicación a aquel mal en la vida desordenada y promiscua de quienes lo padecían. Consecuencia, por tanto, normal de una causa ya de por sí funesta. Pero luego, como siempre sucede, vino la realidad diluyendo la artificial y asquerosa frontera entre justos y pecadores.
Pasados tantos años hay que reconocer que el civilizado occidente ha conseguido convertir esta nueva peste negra en una dolencia casi crónica. No sucede lo mismo con los países subdesarrollados asiáticos o africanos, donde el virus se ceba sin distingos en una población indefensa, prácticamente desasistida, víctima también de los juegos que las grandes compañías farmacéuticas se traen con las patentes y que impiden el libre acceso en muchos casos a la medicación o, sencillamente, la adquisición a bajos precios. Víctimas también, por qué no decirlo, del dogmatismo religioso, que ve en un condón una manifestación del pecado y no un simple pedazo de látex o un medio de defensa de la salud de las personas y, por tanto, de su libertad.
El Comité Ciudadano gijónes pretende recordar a los muertos; y pretende mantener viva la llama del compromiso con una parte de la población que en su momento fue tratada con cierto desdén, cuando no con lástima. Todos los años, gran parte de las calles de la ciudad se llenan de ciudadanos anónimos que entrelazan sus manos formando una cadena humana... Hoy ha sucedido lo mismo. Entre tanto, a la misma hora, aquí en Oviedo donde vivo, Gabino de Lorenzo, Alcalde, inauguraba un belén en la Plaza de la Catedral acompañado de un clérigo católico agradecido por la ocupación del espacio público a mayor beneficio de la confesión. No se trata de dos ciudades diferentes: Se trata de dos visiones del mundo distintas que, como es lógico, encuentran siempre los resquicios para manifestarse y golpear nuestra conciencia. Sí, o la golpean para despertarla o, símplemente, la aplastan.
Paralelamente, en el marco de los actos que se organizaban en la conmemoración de este día internaciona de lucha contra el S.I.D.A., miembros de la organización REMAR, que se dedican a la desintoxicación de personas drogodependientes recurriendo a la "voz de Dios" como método terapéutico, recaudaban fondos con una hucha en la Plaza de la Escandalera a cambio de un lazo rojo o una pegatina ¡Qué lamentable falta de escrúpulos!
Y, al margen de estos gestos de tan poco gusto y ausencia de ética, se entregaba el Premio Virgilio Palacio (convocado por Médicos del Mundo con la intervención del Hospital Monte Naranco), que en esta edición fue recibido por personas a las que quiero mucho. Surgió inevitablemente y en un determinado momento, por lo que me han contado, la pregunta de siempre en torno a la educación sexual, tan necesaria para hacer frente a todos los productos de la ignorancia que permiten y facilitan que la muerte y el dolor sigan conviviendo entre nosotros ¿A partir de cuándo se ha de educar en la sexualidad?
¿Por qué nos preguntamos esto y no hacemos lo propio, por ejemplo, con la educación religiosa? Pocas personas cuestionan el disparate conforme al cual la educación religiosa debe iniciarse a tempranas edades. Sin embargo eso sí sucede con la educación sexual, indispensable desde la infancia más temprana para lograr que esa futura sociedad de hombres y mujeres libres sea una realidad.
El mundo cambiará sólo si hacemos lo posible para que eso suceda; aunque sea poco lo que podamos hacer será más que nada.

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