miércoles, diciembre 20

Les enfants de la Patrie

Hoy leía en la prensa que si Francia fuera una empresa privada estaría en suspensión de pagos. La noticia daba un repaso a los signos exteriores a través de los que se deja traslucir la existencia de una profunda crisis en un país cuyo principal capital ha sido, probablemente, la sorprendente facultad de fabricar ideas innovadoras y ponerlas en práctica en un determinado momento. Sin embargo pienso que este dolor francés que -no puede negarse- existe, no es otra cosa que un reflejo de una enfermedad que va mucho más allá de las fronteras del hexágono, contaminando quizá a toda la feliz Europa y, si me apuro, a lo que conocemos como "mundo libre", aunque yo prefiero llamarlo mundo desarrollado por evitar caer en la autocomplacencia y sonrojarme en ocasiones.
Para ser más precisos, no me estoy refiriendo a la fría economía ni al vértigo que suele generar en nuestro mercado un desplome bursátil o una balanza de pagos descompensada. Hay crisis económicas cuando el saco se rompe y las monedas escasean; pero hay percances mucho más serios cuando el cimiento sobre el que se eleva el edificio de la convivencia se resquebraja y amenaza con un derrumbre general. Pienso que eso es lo que nos sucede a todos globalmente, equivocándonos cuando aislamos la situación entre unas fronteras que cada vez son más permeables y que terminarán por desaparecer; y que es algo de mucha mayor gravedad y trascendencia que el simple agujero en el bolsillo, sin negar con esto importancia a las consecuencias que pueden derivar de las catástrofes económicas en un sistema que en este momento se sostiene a costa del hambre y la miseria de más de la mitad de la población mundial.
Hace tres semanas pude escuchar en TV5, cadena de televisión francesa, una entrevista a quien probablemente será candidato a la Presidencia de la Republica Francesa el próximo año 2007. Se le preguntaba por la implicación de menores, creciente o destacada, en los disturbios que sacuden los extrarradios de las grandes aglomeraciones urbanas del país vecino. Podrá recordarse sin mucha dificultad la cadena de acontecimientos de noviembre de 2005, así como las promesas con las que la aristocracia política intentó resolver aquella situación tan explosiva. Nicolas Sarkozy sin embargo, actual Ministro del Interior, respondió mostrándose partidario de una reforma del código penal que permitiría aplicar a los menores de edad todo el peso de la ley, del mismo modo que si se tratase de mayores en plenitud de derechos y obligaciones.
Quizá en mi formación jurídica pesa mucho ese principo que aboga por la mínima intervención, esto es, evitar en lo posible el recurso a la espada que lleva la dama de ojos vendados con el ánimo de preservar las garantías individuales, los derechos ciudadanos y lograr que sea la educación y no el temor a recibir un golpe lo que permita que la convivencia de las personas sea pacífica, asegurando una posible existencia feliz. Pero esa formación, tan de la Francia de otros tiempos y de aquellos juristas que crearon un nuevo orden tan diferente a este de cartón piedra, va perdiendo terreno a la par que el recurso a la demagogia y al autoritarismo lo ganan: Nadie se echa las manos a la cabeza cuando oye a todo un candidato presidencial decir que el Código Penal ha de aplicarse a menores de edad; y nadie se espanta cuando observa que frente a un determinado problema de convivencia, ya sea en Francia o en cualquier otra parte, el recurso inmediato para explicarlo es, bien la "ausencia de vigilancia" o la falta de severidad a la hora de tomar medidas concluyentes y rotundas.
Siguiendo con Francia, me quedaba sorprendido el otro día al conocer que ochenta mil niños pueden estar creciendo allí en un entorno sectario con todas las consecuencias que de ello se derivan. La noticia refleja nada menos que las conclusiones de una comisión parlamentaria, crítica, por cierto, con la labor (o la falta de labor) desarrollada por los poderes públicos. Y si esto sucede en el país que ha hecho bandera del laicismo, de la estricta separación de iglesias y Estado, donde se ha ordenado escrupulosamente la escuela pública como el lugar en el que se forman "ciudadanos", entonces podemos empezar a barruntar qué es lo que está pasando en nuestras casas y qué tenemos que hacer rápidamente para poner freno a esta catástrofe nacida al amparo de la libertad religiosa: La Iglesia de la Cienciología, Sokka Gakkai, Testigos de Jehová o Tabitha´s Place son algunos de los grupos sectarios que se enquistan en las sociedades europeas y que, como siempre, dirigen parte de sus esfuerzos a "educar" a la infancia, mientras miramos para otro lado o algunos de nuestros brillantes gobernantes preparan los antidisturbios para el día de mañana, mientras se despreocupan de la educación que han de dar hoy.
Ya no podemos vivir de las rentas del pasado. Los grandes principios que en otro tiempo se enunciaron son suficientes para actuar y cambiar el mundo, pero no lo lograremos si lo único que hacemos es contemplar la hermosura de una obra teórica y no nos atrevemos a llevarla a la práctica. En definitiva, hemos deslizado nuestro intelecto por la siniestra pendiente de la autocomplacencia; somos capaces de salir a la calle cuando recibimos una bofetada directa, bien con una guerra, bien con un sistema contractual que nos convierte en mano de obra barata en este "Gran Salto Adelante" occidental. Pero somos incapaces de reaccionar cada vez que eclosionan los pequeños huevos de serpiente que, día sí y día también, se colocan en los pedestales que sostienen la gloria de nuestras grandes conquistas.

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