sábado, diciembre 2

Historias que se repiten

Hace unos días se presentaba en Madrid un libro de la periodista María Antonia Iglesias. Veterana informadora y conocida quizá por muchos por ser una asidua de las tertulias televisivas de las mañanas, ha estado presente en el tejido informativo de este país desde que la Democracia retornara a él. Ahora, contribuyendo a la recuperación de nuestro inmediato y silenciado pasado, publica "Maestros de la República", una mirada diferente hacia aquel colectivo de hombres y mujeres sobre los que se descargó la responsabilidad de formar una nueva generación de ciudadanos y ciudadanas en España. Todos sabemos que no fue posible y conocemos también el porqué. Pero quienes idearon el aparato educativo de la II República -muchos de ellos masones- sabían que era necesario hacer frente al dogmatismo secular que había inundado las escasas aulas que existían en nuestro país. Pocas veces se conoció un esfuerzo tan grande y realizado en tan poco tiempo como el que se hizo en el terreno educativo en nuestro suelo en aquellos años treinta.

Eso quizá explica también lo que sucedió después. Recuerdo que hace unos seis años una mujer a la que aprecio mucho me regaló algo que para ella tenía un especial valor, y que cualquiera que entre en mi despacho podrá ver a poco que pasee la vista por sus paredes: Se trata de una reproducción del texto de la proclamación de República de 1931; ésa que termina con la exclamación ¡Viva España con honra! ¡Viva la República! Pero lo más importante para mí se esconde detrás del cuadro. Una nota manuscrita de esta persona a la que me une una gran amistad, que conservo, y en la que recordaba de forma emotiva a su abuelo, maestro, asesinado en el paredón de Ceares, en Gijón.

En efecto, durante la guerra y después de ella, el colectivo de maestros que había difundido los ideales laicos; que se habían inspirado en la Institución Libre de Enseñanza; y que se habían atrevido a revolucionar la pedagogía en las aulas, sufrieron las consecuencias más duras de una represión terrible. El nuevo régimen dictatorial no se contentó con destruir el esfuerzo intelectual, sino que conciencuda y meticulosamente erradicó todo rastro de aquel modelo educativo.

Podría pensarse que estos hechos son pasados. Y efectivamente así es. Pero ello no quiere decir que hayamos aprendido algo o que nunca más volverá a repetirse algo semejante. Cuando escuchaba la noticia relativa al trabajo realizado por María Antonia Iglesias, casualmente tenía sobre la mesa un recorte de prensa en el que destacaba una frase: "Irak necesita más que nunca a sus intelectuales y profesores".

Tiempos y momentos diferentes pero la misma realidad 70 años después. 155 profesores han sido asesinados en el proceso de Guerra Civil abierta que vive Irak, tras la agresión sufrida por ese país de manos de Estados Unidos y diversos países de la comunidad internacional, al margen de Naciones Unidas, y en busca de unas armas de destrucción masiva que nunca existieron.


Los países, como antes decía, son distintos. Ha pasado el tiempo. Pero la barbarie y su sistemática aplicación siguen siendo exactamente los mismos. En una guerra se destruye todo. No existen reglas que permitan salvar una parte de cuanto existe en una colectividad afectada por un conflicto bélico. Pero cuando además se actúa contra aquellos que pueden formar a las siguientes generaciones, cuando se ataca a la intelectualidad, se destruye también un patrimonio inmaterial de un valor incalculable y, sobre todo, se destruye el futuro. Sucedió en España; sucede en Irak; y sucede en tantos y tantos lugares. Recordémoslo al menos, pues lo hemos vivido en carne propia.

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