sábado, noviembre 18

¿Qué será de tus hijos, Ségolène?

Como tengo la costumbre desde ya hace muchos años de colocar la radio bajo la almohada, supe de madrugada que Ségolène Royal había superado ampliamente a sus oponentes en las primarias del Partido Socialista francés.
Ségolène tendrá como probable contrincante a Nicolas Sarkozy, ese amigo de Aznar del que ya hemos hablado alguna vez a raíz de sus propuestas xenófobas y racistas en materia de inmigración. La contienda electoral se presenta interesante en la República Francesa. Pero mucho más por las especiales circunstancias que rodean a esta elección: Será la primera vez que una mujer concurra como candidata con posibilidades de éxito a la Jefatura del Estado de la República.
El asunto podría pasar como anecdótico. Pero no lo es. Se trata de Francia. Se trata de algo más que un país; en mi forma de ver y vivir ese territorio próximo que tanto me ha dado, la Francia republicana es una idea. Un ideal de perfección de lo que ha de ser una sociedad democrática.
No se me entienda mal. En muchas ocasiones he hablado de la crisis profunda que afecta a la sociedad vecina; he escrito sobre los defectos que aprecio y he hablado de las taras que se encuentran y que en muchos casos nosotros, españolitos orgullosos, tenemos superadas. Cuando hablo de esa idea me refiero a un planteamiento teórico que en aquel país se desarrolló y que a mí me gustaría se extendiera por el mundo entero, más aun cuando uno ve con qué enemigos tenemos que enfrentarnos quienes defendemos una sociedad laica, liberada de dogmatismo.
Hace ya algún tiempo escribía sobre Clara Campoamor y el voto femenino en España: Un avance, por ejemplo, con el que la España republicana adelantó a las sociedades democráticas europeas incluída la francesa. Y cuando me refería a nuestra conmemoración del sufragio universal pleno señalaba también que este será el siglo de las mujeres.
La realidad es más tozuda que el ser humano. Siempre acaba imponiéndose y guiando nuestros pasos; y la realidad con la que vamos a convivir, felizmente, es la de unas sociedades occidentales en las que la mujer ha ido conquistando los espacios que por razón de género le han sido negados. La educación, el peso de la religión, el sistema de explotación, toda esa amalgama ha arrinconado a las mujeres y limitado su presencia en nuestra sociedad. Pero esto cambiará inevitablemente porque hay una rebelión en marcha. Una rebelión y una conciencia clara de que determinadas cosas han de cambiar: Cuando eso sucede no hay tradición, costumbre, modo de vida, que pueda resistir el viento demoledor.
No hace tanto, en la pequeña carrera electoral del Partido Socialista francés, un oponente a Ségolène Royal llegó a inquietarse por el futuro de los hijos de la candidata ¿Quién los cuidaría? ¿Qué sería de la inmortal Francia si las mujeres salieran de los hogares y rompieran con tantos siglos de dictadura patriarcal? Hasta ese punto han llegado las cosas que en el debate político se han empleado razonamientos tan machistas como el expresado.
Podemos decir que ese tipo de planteamientos está trasnochado y que basta para afrontarlos con no prestarles atención. Pero no es así. Trasnochado es aquello que siendo propio de tiempos remotos se utiliza con peor fortuna en el momento presente. El machismo, la intolerancia, el dogmatismo, no son fenómenos ni muchos menos trasnochados. Son aspectos negativos de la realidad cotidiana que vivimos en nuestro tiempo; son los mismos aspectos que se vivieron hace siglos y hoy. Y hoy se viven porque existe y pervive un sistema educativo y cultural complejo que permite que una parte de la humanidad sea objeto de una mayor o menor opresión. Pensemos en la sociedad europea y en qué situación concreta se encuentra las mujeres; y sigamos pensando en qué sucede cuando cruzamos las doradas fronteras de nuestro querido continente. No nos enfrentamos a algo desfasado en el tiempo, sino a una lacra que tiene sus partidarios y que nos obliga, tanto a estar vigilantes como a ser abiertamente combativos.
Quienes creemos en la Democracia hemos de comprometernos necesariamente con la defensa de determinados valores entre los que se encuentra la igualdad de derechos. Igualdad que ha de existir en todos los ámbitos en los que se desarrolla la existencia humana, sin excepción de ninguna ídole. Por ese motivo me he levantado esta mañana con cierta satisfacción al saber que el mundo puede seguir girando sin que a los hijos de Ségolène Royal les pase nada. A mí no me cabía duda. Saber que además no soy el único que piensa así ha hecho más dulce mi despertar.
No me corresponde a mí hacer un análisis político. Tampoco creo que este ventanal mío fuera el lugar más indicado para ello aunque a veces me resulte difícil deslizarme por esa línea tan sutil que es la preocupación social. Pero creo que vivimos momentos intensos, interesantes y también esperanzadores. Momentos de lucha. Como siempre.
Francia, Francia, ¿sabes qué será ahora de tus hijos?

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