miércoles, septiembre 6

Una de policías

Entre todas las noticias escalofriantes que este verano han copado los medios, una de ellas reúne una serie de condiciones para hacerla negativamente sobresaliente. Si el año pasado, en Roquetas de Mar, un agricultor la palmaba en un cuartel de la Guardia Civil como en los viejos tiempos, y aparecían en escena testigos, porras extensibles, neutralizadores eléctricos y otras tecnologías y usos no reglamentarios más propios de la ESMA o de la DGS, este año, en Torrevieja, Alicante, se ha materializado un nuevo Tombstone, como en el Oeste, con pistoleros, chulos de pacotilla y sheriff incluídos.
Qué miedo me dan las fuerzas vivas cuando empiezan a colear. Qué miedo da la Administración uniformada cuando se pone brava y se salta todos los pretiles, y deja de ser aparato para convertirse en noche de cuchillos largos y cristales rotos.
En Torrevieja, Alicante, el Jefe de la policía local no podía ser jefe. No tenía titulación; varios de sus "agentes" patógenos, tras una investigación judicial, han sido detenidos y sometidos a interrogatorio por su implicación nada menos que en la perpetración de un delito de torturas. El concejal de salud del citado ayuntamiento, propietario de una clínica, ayudaba a los defensores de la ley y el orden con los partes de lesiones causados a las víctimas de las detenciones, realizando alguna manipulación que otra en los informes médicos que quitara carga dramática al asunto.
Todo comenzó como le hubiera gustado a Sarkozy, del que nos acordábamos aquí el otro día: un argelino -no podía ser Rodríguez Menéndez, ni Mario Conde- asalta una vivienda que resulta ser de un policía local. El policía parece que estaba en casa. Y el resto de la historia ya se lo pueden imaginar pensando en el guión de una película americana: a comisaría, y paliza va y paliza viene. Todo presuntamente, "esta pa que escarmientes, moromierda", "esta pa que vuelvas a África", "esta pa qu´aprendas", "esta por España"... Todo presuntamente, insisto.
El caso es que el "moromierda",magullado y ofendido, denunció los hechos en una dependencia diferente a la que le había acogido para su reeducación, y la maquinaria pesada, torpe y lenta de la Justicia echó a rodar. Parece que la vieja dama semidesnuda equilibró bien la balanza, no se quitó la venda, dejó, por una vez, de estar sorda, y sonrió ligeramente al pobre infeliz.
Como por arte de magia, a raíz de la investigación que ha derivado en gran escándalo, comenzaron a aparecer denuncias de otros ciudadanos, protagonistas también de incidentes con los chulos policías, enfundados en sus ajustados leotardos y subidos a sus polainas negras, modelo "mein kampf": "Gorda, circula y calla o vas a saber lo que es bueno". Ha llegado la peste hasta las perfumadas instancias municipales: El alcalde, no obstante, no sabe nada: "¿Dónde dice que ha pasado eso? ¿Mis policías? Imposible; son tremendos pofesionales".
Torrevieja, que antes era famosa por aquel concurso televisivo en el que a los más tontos les tocaba un apartamento horroroso o una calabaza de plástico, ahora se ha convertido en un pequeño circo de las miserias; un lugar en el que se ha materializado y vestido de uniforme la sospecha de abuso, de vejación y de poder arbitrario: Una de las peores cosas que puede suceder en un Estado que se dice, nada menos, que social, democrático y de Derecho.
¿Será cierto que no estamos indefensos? Dejemos actuar a la dama de la balanza y creamos en la presunción de inocencia, en la independencia judicial y en todo aquello en lo que no quieren creer los que, cobijándose en la superioridad que les da ejercer una función administrativa, traicionan la confianza ciudadana, y se vuelven contra aquellos que les dan de comer olvidando que no están por encima del bien ni del mal, sino sujetos a la ley; es algo que olvidan los malos policías y los que han ido a piar a la puerta de los Juzgados, bajo la batuta del partido político de turno, para que la mano dura sea la medicina con que enfrentarse a la delincuencia. Mano dura sin más. Mano dura sin reglas, sin leyes... ¡Qué más les da! Cada vez que se olvida que todos los poderes existentes en una comunidad democrática han de respetar una regla de equilibrio, de pesos, de contrapesos, de garantías y de respeto a derechos que son intangibles e incuestionables, la Democracia queda herida. Una pequeña herida a la que siguen otra y otra, hasta que la gangrena se extiende a los mismísimos tuétanos.
Y es que a veces pensamos que a nosotros, bien pensantes, no nos pasará nada; pagamos los impuestos correspondientes -o decimos que los pagamos-; vamos a misa los domingos y fiestas de guardar; hacemos comuniones, bodas y lo que pinte; nos engominamos el pelo o nos dejamos un bigotito estilo "unidad de destino en lo universal"; llevamos una pulserita con la enseña patria; o nos ponemos unas enormes gafas de concha y unos pendientes de perla, grandes como huevos modelo Calle Uría... Pero un día alguien, con pistola al cinto, rumiando chicle, piernas arqueadas como John Wayne, dice "Gorda, circula". Entonces, sólo entonces, estaremos perdidos.

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