domingo, septiembre 17

Un siglo para las mujeres

Un gran cartel con el retrato de Clara Campoamor cuelga de la fachada principal del Parlamento asturiano. Nos encontramos en un año en el que se celebra el setenta y cinco aniversario de la proclamación de la República, y en nuestra casa, bien por razones de oportunidad política, bien por auténtica convicción, se recuerda aquella primera experiencia democrática y con trágico final.
Clara Campoamor es la "madre" del voto femenino en España. Otra conquista lograda durante el segundo período republicano vivido por nuestro país. Militante del Partido Radical defendió este derecho para las mujeres españolas; y a la historia ha pasado su gesta y su debate parlamentario con otra gran luchadora, Victoria Kent, más pragmática y que defendía la materialización gradual de aquel derecho indiscutible: Victoria Kent sabía -de lamisma forma que también lo sabía Clara Campoamor- que las mujeres españolas eran las principales víctimas de una educación machista, llena de viudas de paño negro y confesionarios, y que aquella ampliación del censo electoral iba a beneficiar a las posiciones más antirepublicanas. Así sucedió, pues Clara Campoamor prefirió apostar por la razón de principios y no por la de oportunidad y sacó la reforma legal adelante. Las elecciones de 1933 fueron ganadas por la derecha conservadora, pero hoy recordamos a aquella mujer por el fruto de su empeño y por su empecinado compromiso, y no olvidamos que en 1936 fue el Frente Popular el que obtuvo el respaldo del pueblo.
Las mujeres han encarnado a lo largo del tiempo una "esclavitud consentida". Digo esto porque se ha convivido con tanta naturalidad con el sistema machista que las propias mujeres han sido las inpagables colaboradoras para la supervivencia de éste. Ha sido normal que las mujeres pasaran como una pieza de cambio de la custodia de su padre a la de su marido. Ha sido normal también que las mujeres se quedaran en casa pariendo, con gran escándalo cada vez que alguien se atrevía a romper las rígidas reglas. Ésta, sin embargo, no ha sido una esclavitud impuesta a partir de la violencia abierta -frente a las mujeres se ejerce una violencia soterrada, callada, que aflora cuando ya es tarde y se ha soportado, año tras año, toda una peripecia de horror-; no ha sido una esclavitud que haya necesitado de la conquista, o de la ocupación militar. Ésta, como digo, ha sido una forma de explotación asimilada por todos valiéndose de la más poderosa y sutil de las herramientas: la educación. La mala educación, amparada por los poderes, con el concurso inestimable de las confesiones religiosas. Siglos y siglos repitiendo un determinado patrón de conducta han dado como resultado que hoy sea noticia el que un hombre tome un permiso de paternidad en su trabajo, por ejemplo, o que una mujer se exhiba, anoréxica, como percha humana de tal o cual modisto.
Me animo hoy a escribir sobre esto por tres razones. La primera porque ayer alguien me preguntaba cómo era posible que los hombres, naciendo todos del seno de una mujer, fueran capaces de levantar barreras de una u otra altura, con esta o aquella excusa -tradición incluída- , incompatibles con cualquier idea de Libertad o Igualdad.
La segunda porque hoy un Hermano me comunica que la Gran Logia Femenina de Francia acaba de celebrar la primera ceremonia de reconocimiento conyugal entre dos mujeres. Y me he alegrado por ellas y por la Masonería.
Y la tercera porque ayer, en un acto político, Ségolène Royal, competidora dentro de un dolorido Partido Socialista francés a la candidatura para la Presidencia de la República en las elecciones de 2007, ha revelado las grandes resistencias que existen dentro de su propio partido para que una mujer pueda ejercer el poder, para que, en definitiva, pueda ser "elegible".
Grandes cambios se vislumbran en un siglo en el que a veces parece que las luces se extinguen. Grandes y necesarios cambios que se hacen imprescindibles por una mera cuestión de principios que, los mismos que defendió Clara Campoamor, son irrenunciables.
La fuerza con que en las sociedades democráticas europeas está irrumpiendo este pensamiento hace inevitable la transformación que a todas luces y con total seguridad vamos a vivir. Pero también pienso en que el hecho de que el marco sea el adecuado, y de que el clima que se vive sea propicio y que las nuevas generaciones de jóvenes de nuestro sufrido continente sean conscientes de lo que significa "Igualdad", no impide por una parte que exista la necesidad de trabajar sin pausa y sin descanso para que este valor básico se asiente y sea definitivamente conquistado en beneficio de la humanidad, dejando de ser una mera enunciación teórica y a todas luces parcial e insuficiente.
De otra parte no debemos olvidar que ni el mundo ni los seres humanos y sus penurias acaban en la vieja Europa: La tarea es por tanto enorme, casi inabarcable como sucede con las utopías.
Hubo un día y un tiempo en que se liberaron los esclavos cargados de cadenas. Se derrumbó el antiguo régimen, cegado por la luz de la razón. Se liberó el proletariado en cuanto adquirió la conciencia de clase. Cayeron tanto el fascismo como el comunismo totalitario. Hoy, sin embargo, todavía quedan las mujeres, verdadera asignatura pendiente de tantos amantes de la libertad, que han emprendido hace ya hace tantos años un lento caminar para terminar con esa dictadura silenciosa, esa callada esclavitud: Este será su siglo, y yo quiero vivirlo junto a ellas aportando, como decía Ernesto Guevara de la Serna, el concurso de mis modestos esfuerzos.

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