sábado, septiembre 30

Idomeneo o la razón amenazada

Septiembre se acaba en esta Europa que no conoce ya ni su propia historia; que se muere de miedo y no sabe hacia dónde se dirige: Mientras Nicolás Sarkozy se vanagloria de su xenófoba política inmigratoria a mayor dolor de Francia; Suiza cierra ojos y fronteras con un vergonzante referendum no apto para pobres sin instrucción; y Mariano Rajoy cuestiona en España hasta al Poder Judicial (que no es manso ni crédulo ante la fábula con que desde nuestra derecha se ha rodeado el atentado del 11 de marzo de 2004), en la Deutsche Oper se suspendió una representación de la obra de Mozart, Idomeneo; y ello para evitar la furia islámica que podría provocar una supuesta ofensa a tal religión, según rezaron las explicaciones oficiales.
Idomeneo, Rey de Creta, ofrece a Poseidón el sacrificio de la primera criatura que se encuentre si logra salvar la vida en una tempestad. Evidentemente se salva; y como no podía ser de otro modo la primera persona que se encuentra es a su propio hijo, a quien además hacía años que no veía. Esta es una parte de la trama de esta ópera, pero el montaje organizado en Berlín añadía alguna novedad y preveía que un airado Idomeneo, agobiado por el peso que sobre su alma habían añadido las religiones, decapitara rabioso en un determinado momento a Poseidón y de paso a las "deidades" conocidas en nuestra civilización actual. Así rueda la cabeza de Buda, la de Cristo y, cómo no, la de Mahoma.
Al llegar a Mahoma a alguien le ha dado un vahído y se ha decidido la retirada de la ópera del cartel, temiendo una reacción encendida de la comunidad musulmana. Idomeneo vuelve así al cajón y en su lugar una delicada Traviata de Verdi calmará los delicados espíritus germánicos. Una vergüenza.
Hay quien piensa que una concepción laica de las sociedades democráticas es una cosa extraña, teórica y alejada de la realidad; y también quien confunde por otro lado al integrismo religioso con todo el Islam. Una ópera viene a decirnos que el laicismo es algo cotidiano de lo que no podemos desprendernos al salir a la calle.
Y vemos una vez más que el empeño con que algunos defendemos que las religiones ocupen el espacio privado que corresponde a las creencias de cada ciudadano, cobra su sentido cuando se aprecia cómo esa filtración silenciosa de una estructura religiosa en la sociedad civil, da como resultado la laminación de uno de los principios básicos que permiten nuestra pacífica convivencia y el desarrollo de nuestra personalidad: la Libertad de Expresión.
Si uno ya no puede escuchar ni ver una ópera de Mozart, no podrá ver tampoco una película de Almodóvar; Buñuel desaparecerá de la circulación, lo mismo que Jean Luc Godard y tantos otros. Si ningún ciudadano puede articular una reflexión crítica en torno a una religión, la que sea, de la misma forma que se hace con cualquier otro producto elaborado por la razón humana, por temor a que ello ofenda, entonces algo estamos haciendo mal y algo estamos comprendiendo mal. No nos habrá servido de nada tanta noche de antorchas, de cristales rotos y de cuchillos largos.
Hemos de partir en primer lugar de asimilar la diferencia que existe entre Islam e intransigencia. No todos los practicantes del Islam se envuelven en bombas y se dedican a rebanarle el pescuezo a los infieles occidentales. Como sucede con todo, el Islam es un marco utilizado por algunos para desarrollar y asentar su dogmatismo y su intolerancia. En unos casos se recurre a las religiones, en otros a las elaboraciones políticas y partidistas. Son caras siempre de una misma moneda.
Y frente a ese dogmatismo no cabe la reacción del miedo disfrazado de una falsa prudencia. Ni cabe tampoco pensar que todo ejercicio de la libertad de expresión es una profusión de ofensas. Todo sería más sencillo si nuestro pensmieto occidental evitara, primero, caer en el absurdo reduccionismo de confundir en un mismo recipiente religión -con independencia de cuál sea ésta-, y dogmatismo: El enemigo de la Deutsch Opera no es, ni el debido respeto a una confesión religiosa, ni la convicción religiosa en sí. El enemigo de la Ópera de Berlín es el mismo que hemos tenido siempre. Lo llevamos dentro y camina con dos rostros: Uno es el miedo; el otro la intolerancia.
Existe no obstante un punto a precisar, pues defender las convicciones laicas y democráticas en nuestra Europa, supone defender todos aquellos valores que estos principios transportan, y que incluso inspiraron a aquel Mozart masón que en otros tiempos pronunció esa triple divisa tan manida: Libertad, igualdad, fraterniad. Implica comprometerse activamente con dos factores además, la libre expresión del pensamiento y su libre configuración por cada individuo. Si algo nos puede distinguir de quienes pretenden imponer su forma de entender la existencia humana, esto ha de ser, entre otras cosas, el entender que los valores que guían nuestra vida y la organización de nuestras socieades no están hechos para ser arrojados ni frente, ni contra nadie. El riesgo, sin embargo, de que esto suceda es palpable y subsiste entre nosotros. Erguirse en cruzados frente al mal, sacrificar aquello que nos ha hecho mejores en aras de una supuesta mayor seguridad, por ejemplo; negar la evidencia conforme a la cual la miseria solo genera violencia, y ésta a su vez más violencia y una convivencia imposible, no son sino expresiones de una concepción también dogmática que se disfraza y cobija en los pliegues de la democracia misma. Así sucede en España, donde posiciones rígidas y hasta belicistas, son sostenidas por un pensamiento políticamente conservador, que apenas si conoce la tradición democrática desde hace treinta años, y que se atreve a demandar disculpas por "ocupaciones" pasadas y reivindica la oscura memoria de Isabel de Castilla, la Católica.
La razón que fundó la comunidad ciudadana que hoy conocemos sufre así varias amenzas: Las agresiones directas de quienes, con un soporte religioso, pretenden hacer regir con arreglo a sus creencias la vida de todos. El silencio cómplice de quines se acobardan y con una pretendida prudencia confunden la ofensa a las creencias con el ejercicio legítimo de la propia libertad de expresión. Y la armada reacción que surge entre nuestros propios fundamentalistas, que creen ser quienes mejor pueden defender nuestro sistema de libertades de los ataques exteriores, aun a costa de sacrificarlos por nuestro bien.
Idomeneo ya no cortará cabezas de dioses y profetas. Le han dejado ciego, mudo; le han cortado las manos. Lo han mutilado para que sea una triste memoria de aquella sociedad temerosa que un día olvidó cuanto había sido y quería ser.

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