jueves, septiembre 7

Días en La Rochelle: Un tiempo para pensar

Han pasado unos días desde mi regreso de La Rochelle, en la costa atlántica francesa, donde me he encontrado con tantos y tantos buenos amigos y compañeros de batalla.
Ya visité la ciudad hace tres años. Me alojé en un hotel desde cuya ventana se podía ver el mar. Pero este año me he quedado en el casco antiguo, empedrado, tejido con soportales en los que aguarda la noche.
Esta ciudad, plácida, tranquila, bien dibujada, arrasada por el Cardenal Richelieu, y que tantas veces se colocó en el lado equivocado, ha sabido renacer de las cenizas y ser puerta de entrada de nuevas ideas; esto que sucedió en el pasado, quizá de modo simbólico, ha vuelto a suceder ahora.
Los paseos por el puerto viejo en la noche; el viaje a Saint Martin de Re; las tranquilas puestas de sol, han sido mi compañía en esos días y el marco para reflexionar sobre tantas y tantas cosas, principalmente cosas que son futuras y que quizá, en este momento, no pasen por ser sino un sueño.
Al principio hablaba de mi encuentro con compañeros de batalla. Y sostengo lo de la "batalla" porque ha habido una frase que he escuchado en esta ciudad portuaria -y ya antes en Moissac en el mes de Junio- según la cual quienes participamos en el proyecto masónico liberal somos "guardianes de las libertades". No es ningún misterio que la concepción masónica en la que he participado desde que empecé a dar los primeros pasos en este complicado mundo, tiene una fuerte relación con la sociedad civil y va más allá de las complejidades paranormales a las que tan dados somos los españoles en nuestra reciente historia -hablo de los últimos veinticinco o treinta años-. Comprendo la existencia de una masonería no excluyente, preocupada por su tiempo y capaz de complicarse la existencia por y con la ciudadanía con la que convive y a la que también debe su existencia y razón de ser. Cualquier otra concepción, respetable, no la comparto y no la quiero para mí.
Lo anterior puede explicar bien las razones que me han guiado hasta la fecha; la tozudez educada con la que a veces me he empleado; y las medias tintas, que también las ha habido, con las que he conducido mis pasos.
Estos días me han dado para pensar. He reflexionado sobre Asturias y sobre la situación española. Y he llegado a la conclusión en ambos casos de que hay un margen para el optimismo siempre y cuando este vaya acompañado por la calma. He pensado en el laicismo, una de nuestras señas de identidad, y, si bien es cierto que nuestro país tiene unas necesidades especiales y particulares, no lo es menos que todavía nos queda mucho por aprender, por definir conceptos o al menos conocer los que ya están definidos. Porque no hay más que ver y escuchar un poco para observar cómo unos intentan hacerse dueños de esta marca para colocarse la etiqueta apetecible de la progresía; o bien contemplar cómo otros confunden los términos y piensan que una organización laica del Estado es lo mismo que la enunciación de su aconfesionalidad; o admirarse sorprendido ante los intentos de los enemigos de la democracia y las libertades públicas, que pretenden mezclar anticlericalismo con laicismo, interesadamente, y hasta sacarse de la manga una versión edulcorada llamada "laicidad" a partir de una oportunista traducción de la lengua francesa: Ciertamente en Francia la expresión "laïcité" tiene un contenido diferente al de "laicidad" que algunos manejan, más alejado de lo que entendemos por laicismo, militancia activa para que el Estado conserve la total independencia respecto a los asuntos religiosos y una exquisita neutralidad en relación con la totalidad de confesiones, sin reconocer unas en detrimento de otras, sin atribuirles privilegios, entendiendo que la religión no es sino una cuestión que atañe única y exclusivamente a la vida privada de las personas sin mayor consecuencia.
La Torre de San Nicolás y la Torre de la Cadena, a la entrada del puerto de La Rochelle, y las ostras inevitables y deseadas en este maravilloso lugar, nos acompañaron en nuestras conversaciones. Quizá no hablamos mucho sobre estas cuestiones teóricas, tan importantes para lo que vamos a hacer en el futuro, para lo que queremos hacer en los años venideros. Pero sí nos pudimos escuchar y apreciar que a pesar de todo nos une lo mismo en este complicado camino. Tal vez la distancia, la diferencia cultural, los diferentes climas humanos a los que tenemos que enfrentarnos, o nuestras diferentes experiencias (y ya saben algunos que las de Asturias en el pasado son experiencias muy negativas), nos den ópticas muy distintas a la hora de analizar la realidad; pero nada impide que reconozcamos que todos tenemos por cierto y seguro qué es lo que queremos para nuestra sociedad.
He pensado también en lo que supone hablar de Francia desde un país como el mío que tantas veces se ha enfrentado por diversos motivos a él. Los españoles hemos visto muchas veces en Francia a un enemigo indeseable del que venía toda amenaza a nuestra independencia y soberanía. Pero la realidad es que esa es la imagen que ha sostenido interesadamente una de las Españas, la cerrada sobre sí misma, y que nunca comprendió que a partir de determinado momento Francia ha dejado de ser un país para convertirse, fundamentalmente, en una idea.
Esa idea no conoce fronteras, ni barreras, ni prejuicios, ni desigualdades, ni miserias, hambres o tragedias; esa idea no conoce odio entre semejantes ni distancias; no conoce súbditos y su único objeto es la Humanidad. Esa idea, una cursilada para cualquier dogmático que se precie, me ha seducido desde siempre por mi aprendizaje "materno". Pero la Francia que ha sido cuna de tantos cambios ha entrado en crisis. Oía estos días al lado del mar que la bestia inmunda siempre está dispuesta a renacer; y es cierto que en toda la civilizada Europa ese riesgo existe. No hay más que dar una vuelta por algunos de los países de nuestro viejo continente para alarmarse: Bélgica con sus conflictos territoriales y lingüísticos; Polonia con su pseudo dictadura católica; o la mismísima Francia de Sarkozy, xenófoba y racista. Por eso, haber oído hablar de cambios, de modificaciones en la vida de esta vieja dama que tantas veces ha empuñado la bandera de las libertades, me ha hecho regresar feliz, animado a emprender con todos esos compañeros de batalla otra pequeña lucha que nos permita no perder el contacto con la realidad; no convertirnos en un museo viviente; no olvidar que estamos aquí por principios y no por razones de oportunidad; no perder de vista que la prudencia siempre ha de acompañar nuestros pasos, pero que esa prudencia ha de ir acompañada de determinación; por tanto ¡Seamos libres! ¡No tengamos miedo!
"¡Ah! ça ira, ça ira, ça ira... " Así decía la canción en 1789... Así sigue diciendo y así deberá seguir cantándose por nuestros hijos e hijas.
Mi recuerdo especial para Félix, con quien no había mantenido muchas conversaciones, pero que el último día me escuchó atentamente hasta el aburrimiento, con una paciencia infinita que sólo puede ser sabiduría teniendo en cuenta que él no estaba de acuerdo conmigo. Si alguien en Francia lee esto que no sea él y le puede hacer llegar mi pequeño reconocimiento, se lo agradeceré. Un fuerte abrazo, mon ami, mon frére.
Un fuerte abrazo a cuantos me habéis acompañado allí, tan lejos de mi casa, tan cerca de mis sentimientos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

voilà, mon frère, asunto "areglao"
j'ai envoyé un E-mail à Félix
René de Condom
renedav@wanadoo.fr