martes, agosto 15

Consideraciones acerca de la pena de muerte. Irán.


Iniciamos aquí un pequeño repaso por la galería humana de los horrores. En este caso las instantáneas, fáciles de encontrar en la red, corresponden a sendas ejecuciones celebradas en Irán, esa dictadura islámica en la que la gente vota periódicamente (lo que revela que la Democracia es algo más que encestar un papelito en una urna) y en la que los clérigos "enturbantados" hacen y deshacen a su antojo.
No toca en este caso criticar al Islam (pues las religiones son expresiones de la libertad individual que siempre han de ser respetadas y preservadas), sino, al igual que sucede y ha sucedido en el mundo occidental, corresponde ver con los peores ojos el dogmatismo político y religioso que se ha adueñado de aquel país, al permitirse una infiltración de la intransigencia en todas las estructuras de gobierno y de convivencia social.
Las dos escenas representan el hecho horrendo de la muerte provocada por unos seres humanos a otros y con el beneplácito del Estado. Pero representan algo más si cabe: la persecución; la pesadilla inevitable que antecede a la instantánea terrible y que se repite también en otros lugares del mundo, de forma quizá más sofisticada, y que son considerados como paraísos de las libertades ciudadanas.
De dos sogas cuelgan por el cuello hasta el estrangulamiento dos adolescentes asesinados hace justo un año por mantener una relación afectiva pero insoportablemente pecaminosa. Inmobilizada, enterrada en el suelo, llora una mujer momentos antes de ser lapidada. Seguramente la acusaron de adulterio o de haberse enfrentado a su marido de forma insolente.
Tratándose de Irán, hay quien confunde estos días, a raíz de la masacre libanesa, la crítica a Israel con el apoyo al terrorismo o al régimen de horror chií de la República de Irán. Hay quien confunde el Islam con el integrismo islámico. Hay quien confunde la noción de Alianza de Civilizaciones con un trágala respecto a todo aquello que nos llega envuelto en sangre. Y hay quien confunde a todos los iraníes y los mete juntos en el mismo saco esperando con ello verlos un día desaparecer; actitud ésta idéntica a la manifestada por algunos de los iluminados que, con turbante o sin él, lanzan soflamas contra occidente y aspiran a ver volar por los aires a todos los infieles del mundo.
Me interesa recordar en este punto a la masonería, implicada no sólo en la mejora de cada individuo que asume su enseñanza y su herencia histórica, sino también en la de la colectividad, y que no llama nunca a la guerra ni al enfrentamiento entre seres humanos para sostener sus rebeliones o las posiciones de vanguardia que ha ostentado. Así ha actuado recientemente, por ejemplo, el Gran Oriente de Francia al sumarse a las voces que han pedido insistentemente un Alto el Fuego en el Líbano. Sin embargo la masonería, como también sucede con otras organizaciones, sí mantiene un compromiso con valores fundamentales en los que las diferentes sociedades humanas han encontrado un lugar de acercamiento, un espacio común de acuerdo que ha de servir de punto de partida en la construcción de las relaciones entre las diferentes comunidades que existen. Me refiero a lo que se conoce como Derechos Humanos.
Comprometerse en la defensa de los Derechos Humanos supone la denuncia de aquéllos que amparan la violación sistemática de tales derechos; supone, si se quiere, sostener una pelea desde la razón y el respeto al otro, frente a quienes ignoran este primer consenso alcanzado en 1948. Pero no implica nunca generalizar dividiendo el mundo entre "ellos y nosotros", buenos y malos. Otra historia sería la actual si en vez de jugar a apretar las tuercas en una y otra parte del orbe, en uno y otro lugar de este gigantesco y enredado cambalache, se hubiera actuado siempre de un modo que nos distinguiera de las bestias. Desgraciadamente, sin embargo, para defendernos de "ellos" hemos terminado por ser en muchos casos como "ellos" y hasta mejores.
Me quedo con esa enseñanza de la masonería: la permanente rebelión frente a las tiranías, los tiranos, y cuantos disfrazan todos los horrores bajo las excusas más rocambolescas que uno pueda encontrar; una rebelión insistente que en los últimos tiempos parece adormecerse, pero que ha sido una constante al referirse a la pena de muerte.
Tengo el propósito de seguir tratando esta cuestión, viendo lo que sucede en otros países del mundo; recorriendo en definitiva esta galería de monstruosidades que se abre ante nosotros. Pensando hoy en Irán he querido referirme a un sistema horrible en el que la religión se ha hecho dueña, lo decía la principio, de todo y rige los destinos de una comunidad entera ¿Quién tiene la culpa? probablemente estemos ante un cúmulo de causas complejas. Es posible que podamos remontarnos a muchos siglos atrás; o quizá a los últimos años. Podemos pensar también en Occidente y sus devaneos; o en el enfrentamiento entre posiciones ideológicas muy diversas... Pero la pena de muerte sigue siendo un mal universal que se aplica en países muy distintos y con independencia de razones complejas. La realidad es que en el caso ilustrado por las fotografías nos horrorizan cosas muy distintas: La ejecución en sí; el método empleado; el delito cometido; o quién define las condiciones de la muerte, el sistema a seguir y el concepto de crimen punible. Matar a otro ser humano no es el único elemento que nos puede provocar un escalofrío. Todavía somos capaces de monstruosidades que van más allá de la propia muerte.