domingo, julio 2

Un día de Julio en Montauban


Un viaje en el mes de Julio a una Francia agobiada por el calor me lleva a vivir una experiencia preciosa y a toparme una vez más con el sueño de la fraternidad, algo más profundo y sereno que el simple conocimiento entre seres humanos, y sentimiento añadido con el que los masones arropamos el regalo de la amistad. Bien es cierto que en ocasiones nos quedamos muy lejos de ese sentir que teóricamente nos obliga a los unos para con los otros, pero es también una realidad el hecho de que hemos tenido la oportunidad de vivir esta experiencia en más de una ocasión, y que cada vez que lo hacemos sentimos que todo esfuerzo queda pequeño y que cada paso, cada viaje, cada impulso que tomamos merece bien la pena.
Esta ha sido una de esas ocasiones. Acogidos en Castelsarrasin en la casa de Aldo y Camille me llevo conmigo el cariño con el que hemos sido tratados; una extraordinaria receta para preparar el foie "citroné"; la alegoría republicana que cuelga de una pared en la entrada de su casa; y el saludo de despedida de Camille, sonriente, que pudimos comprender en toda su intensidad y que a mí me golpeó el lado bueno de mi corazón.
Aldo nos acompañó hasta Montauban porque yo tenía el deseo de contemplar el lugar en el que fue enterrado Manuel Azaña, masón y Presidente de la República que encarnó una voluntad popular cercenada por un golpe de estado y por la guerra que arruinó a España.
El cementerio es típicamente francés, sin nichos, con panteones alineados y agrupados en calles que se entrecruzan en una maraña vertical y horizontal. Nos dividimos para buscar la tumba y terminamos recurriendo al conserje del cementerio, al que casualmente me encuentro hablando solo, lamentando el estado del camposanto, lleno de ramas cercenadas por una fuerte tormenta que ha azotado la zona hace ya quince días, y cuyos despojos nadie ha recogido todavía. La indignación con el ayuntamiento es visible.
La tumba es sencilla. Contrasta con todo lo que la rodea, más solemne; quizá también más monumental. Reza sobre la losa que la cubre el nombre de Don Manuel Azaña, su fecha de nacimiento y la de defunción. Y una cruz. Queda para mi fuero interno la inevitable pregunta acerca del origen o destino de una cruz en la sepultura de un hombre que se atrevió nada menos que a decir aquello de "España ha dejado de ser católica". Su familia tal vez, que expresó una voluntad que no era la del difunto; el desconocimiento; un malentendido... Prefiero quedarme con la imagen de una tumba cuidada, cubierta por la bandera tricolor y recordar a Manuel Azaña, tan crítico con el clericalismo envenenado como con el anticlericalismo violento que, mezclados con otros dogmas diferentes, incendiaron nuestro país.
Aldo me cuenta también que esta tumba estuvo abandonada durante muchos años. Ahora, el sol de julio enciende la piedra y un pequeño arbol la cobija en el silencio de todo aquel campo de tristeza. Otra pregunta me viene a la mente ¿Dónde estuvo la memoria durante ese tiempo de dejadez?
No se trata de que en España hagamos un ajuste de cuentas con el pasado. Pero no puedo evitar creer que el manto del olvido se extiende gracias a nuestra callada mirada en una mala dirección.
Si me siento satisfecho de este viaje, aparte de la experiencia a que hacía referencia al principio, es también porque me ha permitido ejercer mi facultad de memoria, de recuerdo, de homenaje, hacia aquello que me enseñaron y hacia aquello que aprendí; hacia el valor de la Democracia como instrumento para que hombres y mujeres no sólo sean libres, sino además y por encima de todo, personas. Eso será lo que intente yo también enseñar, que no inculcar, a mi hijo si llego a tenerlo.
La memoria que importa no es la que establecen las leyes sino la que cada uno de nosotros consigue cultivar.