sábado, julio 15

Nosotros, deudores

Este mes de Julio, con la excepcíon del día 14, viene cargado de fechas que de un modo u otro evocan el luto, la rabia y el dolor. Me vino esta idea a la cabeza hace unos días, cuando leía que Mr. Chirac, Presidente de la República Francesa, había participado en el patio de la Academia Militar de París en un acto de homenaje al capitán Dreyfus, coincidiendo con el centenario de su "plena rehabilitación". Dreyfus era un oficial del ejército francés condenado a la Isla del Diablo por ser judío. Evidentemente la acusación que se dirigió frente a él tuvo un tinte más imaginativo y se le consideró un espía al servicio de la Alemania del Kaiser Guillermo II. Como Dreyfus era inocente y había una Francia viva que lanzó un grito de indignación, se terminó por rehabilitarle. Él mismo inició un proceso judicial que acabó el día 12 de julio de 1906. Pero hasta alcanzar ese día fue necesario recorrer los oscuros pasillos de la intolerancia, del racismo y de los prejuicios de las buenas gentes de orden.
Ahora se recuerda a aquel hombre, de porte distinguido y mirada perdida, del que las actuales autoridades consideran que no reúne méritos para depositar sus restos en el Panteón de personas ilustres que se levanta al lado de la Sorbona, pero que ejemplificó, según Chirac, las virtudes de la República y la capacidad de esta de sobreponerse al desastre.
No sé si comparto la visión de Jacques Chirac, pero me he hecho una idea del famoso "affaire Dreyfus" como un episodio miserable de la historia de Francia, país en el que, como sucede en otros muchos -por no decir en todos- habían quedado bien depositados los huevos de la serpiente. Quiero decir que no sé si al tratar del capitán Dreyfus, se debe hablar de las virtudes de la República, o más bien de los méritos de un hombre sobre el que cayó el baldón de la injusticia, frente a la que se revolvió, así como los de otros conciudadanos como Emile Zola, que acusaron, que no guardaron el silencio cómplice y asumieron el pago de un caro tributo. La República no es nada sin las personas; y hay personas que construyen cada día de su existencia los cimientos sobre los que descansa la libertad, los derechos... ¡La República!
Francia siguió dando el ejemplo de la capacidad de resistencia a ese negro espectro, a esa mole perversa que termina disfrazándose tras las más sólidas instituciones, tras las inocentes constumbres, los actos cotidianos. Ahí está el Gobierno de Pierre Laval y la dictadura del Mariscal Pétain o, cómo acabar con la Democracia desde la Democracia misma.
Leo estos días la novela de Fernando Schwartz "Vichy, 1940", de la que entresaco la historia envenenada en la que la persecución del "diferente" es la regla común seguida, de una forma o de otra, con acciones miserables (como el Estatuto Judío del 3 de octubre de 1940) o con omisiones igualmente inadmisibles. En el fondo del relato subyace -y es para mí lo más importante- esa culpa colectiva europea por lo que sucedió en nuestro continente, empezando por la triste España y hasta llegar al cese de las hostilidades una vez derrotado el Japón: No sólo el nazismo alemán cometió horribles crímenes; hubo quien con otras nacionalidades menos estigmatizadas se prestó a colaborar gozoso, plenamente convencido y muy satisfecho con sus manos manchadas de sangre y su lengua negra; y para calmar conciencias, con una bendición impartida desde los púlpitos más elevados.
Podríamos decir hoy que ésta es una historia pasada o ya superada. Pero nunca se rebasa al monstruo. Ninguna superación puede admitirse cuando uno contempla y escucha el griterío de los actos neofascistas organizados por el Frente Nacional; o el patético discurso de políticos como Nicolas Sarkozy, arropados por un populismo bañado de puñales y xenofobia.
La historia reciente de Francia es, si se quiere y en cierto modo, un poco más terrible que la de España: En la Francia de los Derechos del Hombre y del Ciudadano anidó el antisemitismo, la delación, el crimen, la Patria, la Familia y el Trabajo. A España por contra no le cupo el honor de protagonizar el fin del Antiguo Régimen sino, más bien al contrario, los tristes intentos de resucitar este espantoso cadáver; pero sin embargo fue una de las primeras víctimas despiezadas en el matadero inaugurado el 17 de julio de 1936.
España, la católica España, había intentado sacudirse de encima la pesadilla del dogmatismo en varias ocasiones. Nuestro pasado, sin embargo, es una sucesión de pronunciamientos militares donde el último de todos ellos tuvo consecuencias horrorosas, asumidas por el silencio de las democracias europeas y logradas con el apoyo de las potencias fascistas ya consolidadas.
El pasado común nos lleva a todos a reconocer rasgos compartidos en ese negro espectro que acecha: la violencia; la manipulación; la intransigencia; el dogmatismo político y religioso; y los que en estas terribles circunstancias callan, no miran de frente, y aprovechan la ocasión haciendo lo que sea para subirse al carro de heno, alegoría de la más miserable humanidad.
Los que hoy vivimos en esta sociedad europea somos herederos de ese pasado inmediato: En nosotros habita el mismo riesgo que se deslizó como una cuchilla afilada sobre las cabezas de nuestros abuelos. Nos amenza la guerra, que ya no queda lejos; el silencio de los cobardes, siempre tan cercano; las palabras irrefutables de los pontífices que no admiten otra posición que la suya... Pero también habita algo que nos permite enfrentar esta náusea. No sabría cómo llamarlo; qué nombre darle. Pero sé que este mundo que hoy conozco, no ha caído por un abismo definitivo gracias a aquellos que a pesar de todo lo adverso sí supieron mirar de frente.
Mi generación tiene una deuda con ese pasado. Y la tiene también con el futuro inmediato, pues ha de ser capaz de no olvidar y de impedir que determinadas cosas vuelvan a pasar para evitar que el tiempo y las personas se pierdan ¿Seremos capaces nosotros, deudores, de soportar tan pesada carga?

3 comentarios:

parapiti pora dijo...

EL 13 DE ENERO DE LA DIGNIDAD
Por Luis Agüero Wagner (lautaro_l@hotmail.com)

"La indoblegable lucha por la verdad y la justicia de Emile Zola en defensa de Alfred Dreyfus, le han valido los mayores ultrajes que hayan producido jamás la estupidez, la ignorancia y la maldad, por lo cual será recordado como un monumento a la conciencia humana" (Anatole France, en las exequias del célebre autor del "Yo acuso").
El 13 de enero de 1898 el famoso escritor francés Emile Zola plasmaba uno de los más gloriosos capítulos en el devenir de la palabra escrita con su recordada carta "J' acusse", valiente y honrosa intervención en defensa de un inocente condenado por una traición que no cometió, y que quedaría grabada indeleble en la historia. "Señor: Me permitís que, agradecido por la bondadosa acogida que me dispensasteis, me preocupe por vuestra gloria y os diga que vuestra estrella, tan feliz hasta hoy, está amenazada por la más vergonzosa e imborrable mancha?" apercibía el célebre autor de " La Bestia Humana ", al presidente de la III República francesa M. Félix Faure, desde las páginas de L'Aurora. El diario dirigido por Clemenceau, había puesto en la calle ese día 300 mil ejemplares operando al máximo de sus posibilidades, la edición se agotaría en pocas horas causando un efecto fulminante que dividiría a Francia por décadas.

Medio siglo después, el 13 de enero de 1947, el Paraguay se sumergía en una pesadilla de la que no puede despertar hasta hoy: la arbitrariedad, corrupción y clientelismo llegaban de la mano de un infame golpe de estado contra la apertura democrática de la primavera de 1946. Era el inicio de un proceso sistemático de destrucción de la sociedad civil no-colorada que engendró el denigrante modelo social actual. Nunca un 13 de enero fue tan oscurecido por las sombras de la deshonra y la ignominia a lo largo de nuestra historia nacional, como en 1947. Si con algún hecho puede contrastarse tanto deshonor, es con la fulgurante intervención de Emile Zola en defensa de un militar condenado en forma irregular que es lo que realmente merece evocarse, celebrarse e imitarse en estas fechas.

En 1894, todavía nítido el recuerdo de la guerra franco-prusiana de 1870, el capitán de ascendencia judía Alfred Dreyfus había sido degradado y condenado a prisión en un proceso irregular. La condena, según Zola, se basaba en "intrigas novelescas, complaciéndose con recursos de folletín, papeles robados, cartas anónimas, citas misteriosas en lugares desiertos, mujeres enmascaradas". La acusación de espionaje a favor de Alemania se había originado en una cadena de encubrimientos en los altos mandos, el proceso pronto estuvo plagado por testigos falsos, vicios procesales y violaciones de plazos. "Se han agitado allí -decía Zola el 13 de enero de 1898- la demencia y la estupidez, maquinaciones locas, prácticas de baja policía, costumbres inquisitoriales, el placer de algunos tiranos que pisotean la nación, ahogando en su garganta el grito de verdad y de justicia bajo pretexto, falso y sacrílego, de razón de estado".

Cuando un testigo clave desaparece en medio del juicio, se esgrime su perfil sociológico "con tendencia a la fuga", en similitud con casos de nuestro presente. Pero el paralelismo va más allá: la opinión pública, en parte alimentada por el fanatismo antisemita, en parte amedrentada por la campaña de una prensa sobornada, ratifica el veredicto del irregular Tribunal Militar que declaró culpable a Dreyfus, encarcelado en la Isla del Diablo.

Como era de esperar, la valiente denuncia de Zola le cuesta al escritor un proceso en el que en medio de presiones políticas, amenazas y magistrados genuflexos, además del turbio clima creado por la prensa amarilla, resulta condenado a un año de prisión. Muy a su pesar, debe asilarse en Inglaterra.

Pero como lo vaticinara con pluma maestra, la verdad se había echado a andar y nada podía detenerla. Se empiezan a descubrir entretelones insospechados de la trama que había condenado al inocente, "para proclamar la inocencia de los hombres cubiertos de vicios, deudas y crímenes".

Dreyfus es convocado desde la Guyana francesa para un nuevo juicio, donde vuelve a ser condenado aunque a una pena menor, en medio de nuevos desórdenes. A pesar de todo, las evidencias a su favor empiezan a salir a la luz. Uno de los conjurados apela al suicidio y el capitán Esterhazy, el verdadero traidor, huye del país. Como lo profetizara Zola, la verdad oprimida había estallado con ruidoso desastre.

En 1902 la muerte encontrará a Zola de regreso en su patria, en sus exequias resonará el reconocimiento de la Francia libre. Anatole France, quien en 1921 recibirá el Nobel de Literatura, pronuncia un emotivo discurso, comparando su gloria literaria con la de Tolstoi y lamentando que el genial autor de teatro, novelas, críticas y escritos políticos no haya podido ver consumada la justicia para Dreyfus. En 1906, cuando finalmente solo por decisiones políticas es anulado todo el proceso militar viciado, el oficial es reintegrado con restitución del grado y honores militares.

A 109 años del "Yo Acuso", sus ecos todavía parecen alcanzar a pusilánimes generales paraguayos, que envían abyectas cartas desde metrópolis imperiales para deshonra de su uniforme, en sus párrafos fulminantes: "Conozco a quienes suponiendo posible una guerra, tiemblan de angustia porque saben en qué manos está la defensa nacional! En qué albergue de intrigas, chismes y dilapidaciones se ha convertido el sagrado asilo donde se decide la suerte de la patria!".

Tal vez en ningún otro país del mundo, hoy resuene con tanta fuerza esta historia, mucho más aleccionadora para los paraguayos de lo que muchos piensan, así como mucho más digna de ser recordada que el ignominioso golpe fascista del 13 de enero de 1947.

Anónimo dijo...

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