domingo, julio 9

Misa valenciana

"...¿Será posible que ustedes
no tengan frailes que enseñen,
que disputen, que pidan dinero,
que gobiernen, que enreden,
que enderecen las consciencias,
que hagan quemar a cuantos no sean
de su misma opinión?..."
Cándido. François Marie Arouet, Voltaire
Zapatero no ha querido ir a misa. Teresa Fernández de la Vega tampoco. Y ha tenido su gracia que el titular del Ministerio que ha apadrinado la reforma del Código Civil que permite los mal llamados matrimonios homosexuales, el ministro López Aguilar, estuviera en el acto de culto organizado por el Partido Popular valenciano esta mañana. Creo que también estaba presente el ministro Moratinos. Lo que no me queda claro es si estos dos responsables gubernamentales se representaban a sí mismos por sus particulares convicciones religiosas o, por el contrario, ejercían una representación presuntamente institucional.
El portavoz vaticano, miembro del Opus Dei, Joaquín Navarro Valls, fue ayer la cara desagradable del régimen católico eclesiástico al criticar al Presidente del Gobierno español, que había expresado su voluntad de no ir a misa. Decía Navarro Valls que hasta Fidel Castro había participado en una misa; y lo mismo había hecho Daniel Ortega cuando mandaba en Nicaragua; y otro tanto había sucedido con aquel general tan serio, de escaso pelo, de gafas gruesas, al que le tocó lidiar con Lech Wallesa y sus revueltas en los astilleros de Gdansk en los últimos estertores de la dictadura polaca: Jaruzelsky.
No sé qué ha querido decir Navarro Valls; porque precisamente la participación de determinadas personas en los actos del culto católico no sirven para darles mayor lustre o credibilidad. Recuerdo aquí los abrazos del General Franco a tanto cardenal en la época del reinado del nacional-catolicismo hispánico. Y también me viene a la memoria el apretón de manos y la balconada del llamado Juan Pablo II con Augusto Pinochet.
Debería entenderse en primer lugar que hay que respetar la voluntad de cada uno; las creencias o ausencia de ellas. Pero ante todo, y por encima de todo, debe entender nuestra sociedad que una cosa son los gobiernos y otra las iglesias; y que los representantes de las estructuras de un Estado no han de participar en acto religioso alguno precisamente porque los Estados nos cobijan a todos, y no sólamente a los que pensamos de una forma determinada u otra; o a los que creemos en tal o cual dios, o dejamos de creer. Esto no puede ser asimilado por una religión que se dice verdadera; que ha demostrado eternamente su capacidad de intolerancia; y que ha llegado a cobijar en su regazo el flaco cuerpo de la muerte para castigar a cuantos se han atrevido a poner en duda sus postulados, o a discutir su presencia en los espacios del poder terrenal.
En todo caso no ha de olvidarse quiénes estaban presentes en esta fiesta valenciana, esta papolatría sobrevenida e histeria mediática, confundida con fervor religioso, pagada con dinero público; no hay que olvidar a Mariano Rajoy presentándole sus criaturas al Sr. Ratzinger; ni a Rita Barberá, alcaldesa de Valencia; ni al Sr. Camps, Presidente de la Generalitat; ni al rey, a la reina, al hijo del rey, la nuera del rey, y no sé si a la última retoña recién parida, que según las malas lenguas y los pesimistas un día será Jefa del Estado.
Bien ha estado el gesto de Zapatero aunque pueda parecer insuficiente. Ahora también hay que acordarse de aquello que tanto me gusta decir: La cabeza donde estén los pies. Y España no da para más. Que nadie olvide que el lento avance laico en nuestra tierra, si es que existe, no se debe a los denodados esfuerzos de nuestros políticos ni de nuestra ciudadanía a lo largo de los últimos treinta años, sino a la extraordinaria gestión que la Iglesia Católica ha hecho de su mensaje intransigente y anacrónico: Hacen más por el laicismo cinco minutos de conversación con el Cardenal Cañizares, que la aplicación del programa electoral de cualquier partido político de los que pululan por la "izquierdona". Lamentable, pero es así. Por tanto, pensemos que mañana y en los días sucesivos, una de las imagenes que permanecerá de esta orgía televisiva que se ha montado en torno a la carcoma familiar, origen de la fortuna eclesial, será la de un Presidente del Gobierno de un país "católico" que se negó a ir a misa porque encontró algo más importante que hacer, o porque entendió cuál es su papel institucional en estos casos. Ojalá en los años venideros empecemos a dar para algo más que para gestos que van marcando un cambio en el estado de cosas.