sábado, junio 17

Una historia de la Masonería en Asturias III. De Oviedo a "La Noche de los Toffes"

Continúo aquí mi peripecia personal en este mundo. Antes he contado cómo fueron los primeros pasos; y creo que me había quedado en el fin de mi estancia en Toulouse. El regreso de Francia en 1992 supuso que mi contacto con la Masonería sólo se mantendría de forma espistolar durante dos años. Fue una etapa en la que continué desarrollando la buena costumbre de escribir cartas que había adquirido en mi etapa de becario. Con las direcciones que traje pude entretenerme durante unos meses dirigiéndome principalmente a Barcelona, a don Rafael Vilaplana, ya fallecido, y que en aquel momento se encontraba viviendo la ruptura de la Gran Logia Simbólica Española. Por él supe que el panorama español no era el francés; que aquí las estructuras masónicas era muy débiles; y que además de serlo los miembros de las logias entretenían sus días enfrentándose unos a otros.
Esa ha sido la seña de identidad de la masonería que yo he vivido: El cainismo. Algo, por otro lado, muy asturiano... Y también muy español.
Un hecho casual sucedió en 1994. Una conversación con mi profesora de latín y griego nos llevó hacia este tema. Le comenté mis pasos por Francia y ella, atónita, me confesó que conocía a alguien en Gijón que pertenecía a una Logia que acababa de crearse en Oviedo. Así tomé contacto con quien resultó ser Secretario de aquella Logia, cuyo nacimiento se había anunciado hasta en la televisión autonómica.
Pronto formalicé mi petición; fui citado; y en las entrevistas, aplomaciones, conocí a una persona especial que me llevó a un sitio igualmente especial (no podía ser de otro modo): El café Dindurra. Y curiosamente, con el paso de los años, ese Café sigue siendo nuestro punto de reunión, testigo discreto de tantas conspiraciones misteriosas para implantar el "novus ordo seculorum".
Un día sonó el teléfono. Tenía que acudir al lado de la vieja Fábrica de Gas, en el número 38, piso primero, de la calle Postigo Bajo, en Oviedo, lugar en el que tuvo su primera sede la Logia Hermes y Clio, dependiente de la Gran Logia Masónica Asturiana. Allí fui iniciado.
Recuerdo que la Logia era muy pobre. El término cutre la definiría mejor. Es más, la Logia y la Obediencia eran lo mismo. Y recuerdo que en los bajos del edificio había un local, casi siempre cerrado, con cristales viselados que dejaban ver una iluminación rojiza en su interior y donde, al abrirse la puerta, se escuchaba una música que pretendía ser sensual. Visto esto hoy, con la lejanía del momento de por medio, no dejo de apreciar la poca atención que se le prestaba a las formas en aquella misérrima masonería naciente, ubicada en lugares baratos, a punto de ser declarados en ruina por las autoridades municipales. Esa ha sido otra seña de identidad de la masonería española, una masonería de sótanos desvencijados.
Era la primera Logia que existía en Asturias. Y fue el germen de todos los proyectos masónicos que se lanzaron, en todos los cuales he participado a excepción de uno. Allí se reunieron estudiantes, algún abogado, algún empresario, trabajadores de verdad y otros que decían que trabajaban... Y se recibieron hasta peticiones de entrada de algún concejal que hoy ocupa silla en el consistorio ovetense y que, con muy buen juicio, fue rechazado por mayoría. No me pregunte nadie nombres, pues nada diré hasta que sea anciano y la pátina de las arrugas me haga intocable.
En seis meses alcancé el grado de compañero. Y en seis meses la Logia se descompuso víctima de otra enfermedad que se ha hecho crónica: El endiosamiento de los Venerables.
Dos veces he vivido la experiencia de ver un proyecto masónico conducido por gentes incapaces de gestionar nada y víctimas de una vanidad desmedida. Aunque con el paso del tiempo creo que lo que sucedió en Oviedo fue mucho más allá de un mero ataque de protagonismo porque, como se verá, la deriva que adoptó el asunto tuvo unas implicaciones terribles.
En efecto el Venerable que dirigía aquel experimento tenía un defecto: Estaba llamado a ser el presidente eterno del colectivo. En el momento en que surgía alguna voz discrepante, aquello terminaba con una acusación, un expediente y una expulsión. Pasó lo que tenía que pasar. Hubo una rebelión y la rebelión triunfó. Varios miembros de la Logia, entre los que yo no estaba en ese momento, desposeyeron al dictador de sus títulos. Llegó a haber hasta algún forcejeo y el consabido intercambio de filiaciones (oh, fraterniad, ¿dónde estabas?) en medio de la algarada. Y sólo hubo, según se contó, una figura -Silo- sentada en un sofá que, tranquila, y algo ensimismada, se despachó un paquete de caramelos mientras la reyerta se desarrollaba. De repente un resorte lo levantó, cogió una caja de cartón y comenzó, con una envidiable lucidez, a recoger toda la documentación personal de cada uno de los "afiliados" ¡Ay, si aquellos papeles hubieran quedado allí...! A aquello se le llamó "La Noche de los Toffes"; un episodio que para los que ya somos "viejos" masones asturianos supone el punto de partida de nuestra historia.
Recuerdo que Gea me llamó para contarme lo que había pasado. Me sumé a la rebelión.
A los pocos días mi adhesión cobró un sentido práctico, porque a todos los instigadores les llegó la correspondiente denuncia penal. Asumí mi primer asunto como Abogado: defender a cinco masones de las acusaciones de robo y amenazas. Me salió bien: la causa quedó archivada y ni siquiera llegó a juicio. Pero aquello me costó que el Presidente depuesto llenara el portal de mi casa con un anónimo en el que se decía algo así como "La masonería es una institución elitista que busca el cambio social y la mejora de la humanidad, si Ud. quiere saber algo, diríjase a su vecino del segundo, don fulanito, miembro de esta noble causa, que le podrá indicar los pasos a seguir". Me acuerdo de mi padre entrando por la puerta de la casa con un fajo enorme de octavillas diciéndome que las había recogido en el portal. Lo cierto es que ningún vecino me preguntó nada y que ahí quedó la cosa.
Los coletazos de aquella revolución, primer portazo con el que se cerraba en Asturias una Logia tras la dictadura de Franco, continuaron. Pasaron los meses y a los "cinco de la fama" les llegó una demanda civil con una reclamación económica de por medio. El avispado Venerable se acogió a la Ley de Justicia Gratuíta. Y si algo hice relativamente bien en aquel procedimiento fue oponerme a que se le concediera el beneficio en cuestión. Se entablaron dos juicios paralelos. Uno por la Justicia Gratuíta y otro por la demanda principal. Conseguí acreditar que el interfecto tenía una consulta de Tarot clandestina: Se anunciaba en La Nueva España, en la sección "Varios", con pseudónimo. Perdió el derecho a litigar a costa del erario público y perdió el pleito principal. Era mi segundo juicio. Las costas a que tuvo que hacer frente superan los 18000 €. Nunca los cobraré, evidentemente: Insolvente.
Cualquiera que lea esto podrá imaginarse más o menos cómo fueron los principios y qué tipo de personajes pululaban por esta primera Logia: Junto a gente que creyó que iba a parar al hogar de la Masonería honesta y que fue capaz de seguir hasta el día de hoy, había verdaderos vividores, timadores sin escrúpulos y gentes que salieron corriendo con el primer encontronazo. Alguno hasta espiaba las reuniones que posteriormente se celebraban para ir luego a contarlo al rey destronado.
Qué piel más espesa me ha ido cubriendo el cuerpo ¡Cuánto aprendimos de todo aquello! ¿No es así, Maestro?

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