sábado, junio 3

Mohamed el Mizzian

Mi bisabuela, que falleció cuando yo tenía 20 años, me enseñó a cantar La Internacional. Con los años he visto que no todo el mundo militante se sabe el himno compuesto por el masón Pottier, pero quizá no todas esas personas han tenido la misma suerte que yo. Me enseñó además otras canciones; y también a través de ella me fueron llegando, ya desde bien pequeño, las primeras noticias de lo que había supuesto la Guerra Civil en la casa de mi madre.
Supe entonces que la Tejera del Cabo, pueblecito situado a caballo de dos municipios de gran peso en la historia industrial y obrera españolas, Langreo y Mieres, había sido ocupado por la tropa franquista mejor adiestrada para infundir terror: "los moros". Supe que a la entrada del pueblo alguien había pintado en una pared "Tercer Tábor de Regulares". Y también me contó todo tipo de truculencias, que en la mente de un niño se veían como una irreal y lejana batalla, vivida por alguien mayor. La presencia de "los moros" en la casa en la que nació mi madre fue algo muy comentado. Todavía hasta no hace mucho se conservaba en el suelo de la cocina una huella del fuego hecho por los ocupantes, que se habían refugiado allí expulsando a los legítimos moradores, y que calentaban sus alimentos en el suelo porque nunca habían visto una cocina de carbón.
Mi abuela todavía describe con una puntillosa exactitud el pánico que sentía cuando venía cargada con cubos de agua, y se encontraba en cualquier recodo del camino con un grupo de moros, sucios, harapientos, con aquellos calzones que casi les arrastraban por el suelo, y que se entretenian matando los piojos que encontraban en el trapo que, enrollado, usaban para cubrise la cabeza.
La tropa mora siguió al dictador Franco por todos los campos de batalla de la Guerra Civil. Los Tábores de Regulares fueron empleados en los peores encontronazos con el Ejército Popular, y también en la ocupación de aquellas zonas "más conflictivas" como fue el caso de Asturias. Tropa mora fue la que primero cruzó el estrecho de Gibraltar; y moros fueron los soldados que se lanzaron sobre Madrid para romper las maltrechas trincheras republicanas. Lo cierto es que no las consiguieron romper y que Madrid cayó por abatimiento, pero Mohamed el Mizzian, Teniente General, al mando de sus Regulares, llegó hasta la parte alta de la calle Ferraz, justo donde hoy radica la sede del Partido Socialista Obrero Español. Ironías del tiempo.
John Whittaker, historiador americano, cuenta la siguiente anécdota de el Mizzian:
"Me encontraba con este militar moro cerca de Navalcarnero cuando dos muchachas que parecían no haber cumplido los 20 años fueron conducidas ante él. A una le encontró un carnet sindical en la chaqueta. La otra afirmó no tener convicciones políticas. Mizzian las llevó a lo que había sido la escuela del pueblo, donde descansaban unos cuarenta moros. Se escuchó un ululante grito de la tropa. Asistí horrorizado. El Mizzian sonrió afectadamente cuando le protesté diciéndome que no vivirían más de cuatro horas".
Hace pocos días la hija de El Mizzian, el militar del que hablamos, y que llegó a ser nada menos que Capitán General de Galicia y luego alto cargo en el primer gobierno del independizado Marruecos, bajo el reinado de Mohamed V, inauguraba un museo dedicado a su padre: medallas, correspondencia, fotografías... Todo el legado del carnicero expuesto al público. La hija de El Mizzian está casada con un importante banquero marroquí; y puso un avión privado a disposición del Embajador español en Marruecos, Luis Planas. Éste asistió a la inauguración del Museo y consiguiente homenaje acompañado nada menos que por el Comandante General de la Ciudad de Melilla y el Segundo Jefe de Estado Mayor del Ejército.
El Ministerio de Exteriores ha intentado justificar con poca convicción y sin mucho éxito la presencia de estas tres personas en un acto aparentemente privado. Se ha dicho que, más allá y al margen de las ideologías, el Mizzian siempre mantuvo sus convicciones acerca de la unión entre los pueblos marroquí y español. Indudablemente tuvo una forma curiosa de poner en práctica esa convicción. Y confío en que el día en que la ultraderecha francesa tenga la ocurrencia, por ejemplo, de homenajear a Pétain, a nadie se le ocurra en España enviar una delegación por aquello de que el viejo Pétain quería mucho a los franceses y quiso evitarles sufrimientos.
He sentido una tremenda vergüenza ante un hecho semejante. Más teniendo en cuenta que Luis Planas es miembro del Partido Socialista Obrero Español y ha desempeñado diferentes responsabilidades políticas. He sentido la misma vergüenza que el día en que a José Bono se le ocurrió la feliz idea de hacer desfilar, el Día de la Hispanidad, a un combatiente republicano y a un miembro de la División Azul, aquel contingente de "voluntarios" que se envió a morir a Leningrado, bajo las órdenes de Hitler. Bono decía que los dos habían combatido por España. Y no, rotundamente no.
Bien está el guiñar los ojos y hacer retruécanos de política exterior con Marruecos; mucho más teniendo en cuenta los problemas que se plantean a Europa, que no a España sóla, con la cuestión inmigratoria. Bien está hacer requiebros, más después de la gestión exterior llevada a cabo por los Gobiernos de Aznar. Pero hay guiños que nos pueden dejar tuertos, y requiebros que nos pueden romper el espinazo, pues más allá de las ideologías, alguien debería haber pensado en el Ministerio de Exteriores que la unión de los pueblos marroquí y español no puede pasar por el reconocimiento hacia un golpista que ayudó a regar de sangre y miedo los caminos de España. Mal vamos por este camino de la Memoria Histórica si enviamos a nuestros embajadores a homenajear a personajes como Mohamed el Mizzian, mientras aquí seguimos con paños calientes, y cuesta lo indecible poner en marcha el mínimo gesto de reconocimiento a quienes han permanecido olvidados y condenados al silencio durante decenas de años. Me quedo, pues, con mi sentida vergüenza, pero no con con mi silencio: aquí lo cuento.

3 comentarios:

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