sábado, junio 24

Hungría en mi recuerdo

Hace tres años visité Budapest. Fue en Agosto y recuerdo aquellos días recorriendo las calles de la capital Húngara con un especial cariño. Me acompañaron mis tres viajeros entrañables y, juntos, nos remojamos en la piscina de estilo "Secesión" del balneario Gëllert. Una experiencia que recomiendo a todo el mundo y mi médica favorita describió a la perfección: "Es como bañarse en agua de Perrier".
Pero además de la buena memoria turística; de las cenas a la orilla del Danubio; el mercado tradicional; los coches Traban que parecían de juguete; los fuegos artificiales del día de San Esteban, el quince de agosto; la pastelería Gerbaud; la calle Vaci Utca... además de todo eso hubo algunas cosas que me dejaron una huella con la que estos días me vuelvo a encontrar, al hacer uno de esos pequeños repasos a que la historia obliga de vez en cuando.
En la tarde de un día soleado decidimos acercarnos al Parque de las Estatuas, un páramo perdido a las afueras de Budapest en el que la naciente democracia húngara ha confinado todo el pasado escultórico de la etapa "socialista". Tengo viva en la memoria la gran portada de ladrillo en la que dos gigantescas hornacinas cobijaban a Marx y a Lenin; y recuerdo el sencillo jardín, simple más bien, formado por un circulo de hierba verde en el que unas salvias de flor roja dibujaban la estrella de cinco puntas que iluminó mis sueños de adolescencia y primera juventud. No quise llevarme de allí ningún recuerdo que no fueran las fotografías que tomamos y una postal que reproducía una escena de la Rebelión de 1956, de la que ahora se cumplen cincuenta años. Esa postal no es otra cosa que una fotografía coloreada en la que puede apreciarse a un grupo de gente enarbolando la bandera húngara en medio del disturbio contra el estalinismo. Esa fotografía ocupa un pequeño espacio en mi lugar de trabajo, pues tiene también la virtud de recordarme otro lugar en el que pude ver lo que aquí cuento:
Al lado del Parlamento Húngaro, un edificio maravilloso colindante con el río Danubio, hay un jardín en el que una bandera húngara, verde, blanca y roja, hondea orgullosa como todas las banderas que en el mundo son y han sido. Ésta tiene la particularidad de tener un trozo de tela recortado en el centro; un enorme agujero deshilachado que quiere rendir homenaje a los ciudadanos que en 1956 recortaron el emblema impuesto por el totalitarismo soviético. Fue todo un símbolo para el mundo que, en aquel entonces, miró para otro lado y evitó contemplar la tragedia del pueblo magiar. Como complemento indispensable de aquella tela, los agujeros de bala de grueso calibre en las fachadas de los edificios de los alrededores, balazos nazis, como los de la Gran Sinagoga de Budapest, y balazos soviéticos, como los de las negras fachadas que rodean la plaza que enmarca el Parlamento.
Cerca también de este lugar hay un rincón en el que un puente de bronce uno dos orillas de un pequeño estanque. Sobre el la figura inmóvil de un hombre con sombrero y gafas redondas. Fundido en el mismo metal, sus ojos miran hacia de frente, perdidos como los ojos de todas las estatuas. Es Imre Nagy, miembro del Partido Comunista, y Primer Ministro de Hungría en aquella primavera anticipada de 1956. Murió ejecutado por la ortodoxia, la intransigencia y la dictadura dos años después.
De forma sencilla quiero recordar a este hombre y, sobre todo, a este pueblo europeo que hizo esta demostración de arrojo colectivo hace cincuenta años. En mi recuerdo va mi homenaje.