martes, mayo 23

Una historia de la Masonería en Asturias II. Francia



Mi llegada a Francia, cargado con la pesada maleta verde, es un instante inolvidable. Creo que seis horas de autobús me llevaron a cruzar la frontera por Irún. El chófer se apiadó de todo aquel rebaño de estudiantes y nos dejó delante de la estación de tren de Hendaya. Allí esperamos sentados en el suelo. Recuerdo a Pelayo, quien sería mi compañero de habitación, de despacho y uno de mis mejores amigos, bostezando y durmiendo en una posición complicadísima.
Yo hacía el viaje impactado por la posibilidad que se abría ante mí. Todo eran novedades. Tal era la excitación que la verdad no puedo decir hoy en día que estuviera muy cansado.
A las seis de la mañana abrieron la estación. Una estación histórica en la que se celebró el encuentro entre dos tiranos que de un modo u otro marcaron el destino trágico de Europa.
Nos subimos a un tren que nos llevó a Toulouse. Allí no había nadie en la estación esperándonos. Recuerdo que tuvimos que hacer una primera llamada de teléfono a Madame Cabanis, que era la persona responsable de aquel grupo de estudiantes. No entendí prácticamente nada de lo que me dijo; y en aquel momento me pregunté cómo había sido posible que hubiera obtenido la beca que me llevó hasta allí. Lo cierto es que pronto me habitué al idioma y recuperé la soltura francófona de mi infancia.
Apilamos todos los bultos en el centro de la Estación de Matabiou y tras un par de horas de espera el esposo de Madame Cabanis vino a buscarnos. Comenzó entonces el reparto de los españolitos en los alojamientos que se nos habían buscado. Recuerdo que cuatro de nosotros teníamos que esperar hasta el día siguiente y nos alojaron provisionalmente en una especie de apartamento adjunto que había en la propia facultad de Derecho. Dormí en un sofá rojo. Y los mosquitos que había en aquella habitación me picaron hasta en los dedos de las manos.
Los primeros días en la Universidad fueron apasionantes: Primero organizamos la ocupación de la vivienda que se nos había asignado, un enorme piso, con una pequeña cocina y una distribución extrañisima en el número 1 de la rue d´Astorg. Había un gran salón con chimenea y un largo pasillo que llevaba a la habitación que ocupábamos Pelayo y yo.
Pronto empezamos a participar en las clases, en el comedor universitario, en interminables paseos descubriendo la ciudad...
En mi equipaje llevaba las direcciones que me había facilitado Emilio La Parra, del Instituto alicantino Juan Gil Albert. En especial la de un profesor, que en aquel entonces, y en la actualidad, trabajaba en el estudio de la masonería. Pertenecía al Gran Oriente de Francia. Pronto me puse a escribirle y entablé contacto con él. Ya en las primeras cartas me hablaba de las dificultades que existían en España, pero me facilitó también el contacto con figuras históricas de la masonería española como Rafael Vilaplana, de Barcelona, o José Antonio García Diego, ingeniero que vivía en la Calle Prim, en Madrid, autor de un trabajo que leí casi con voracidad sobre Juan Gris y Antonio Machado. Tiempo después pude además conocer en persona a los dos ilustres corresponsales, y el primero tendría una gran importancia en el devenir de la Francmasonería en Asturias.
En noviembre, coincidiendo con la celebración del Armisticio -la conmemoración del final del la Primera Guerra Mundial y la consiguiente derrota del Imperio alemán- Pelayo y yo viajamos a París. Para mí fue la realización de un sueño poder bajarme del tren en la Estación de Austerlitz y poder recorrer con él aquella ciudad. Nuevamente la maleta verde me seguía, esta vez en la capital del mundo y hasta la rue Lamartine, al hotel Krondstat
Me entrevisté con mi querido profesor en la rue Charlemagne. El encuentro fue breve; pero para mí supuso el primer contacto no sólo con la masonería real, de carne y hueso, sino con una forma de entender la masonería, la republicana, abanderada del laicismo y la democracia, que era la que me había motivado y que, luego, tardaría mucho tiempo en volver a encontrar en España. Recuerdo que en aquel momento aquel profesor al que hace poco pude abrazar ante la sede del Gran Oriente de Francia en París, me preguntaba por mis creencias religiosas, mis ideas políticas... Me preparó hasta una bonita carta, que conservo, en la que me encomendaba o recomendaba a quien viere y entendiere.
Aquella carta dio muchas vueltas luego. Intenté con ella, tal y como me había dicho su autor, abrir puertas en un lugar y otro.
Aquella carta, la entrevista mantenida, el contacto habitual con quien sería un Querido Hermano, me permitió sostener una correspondencia febril. Por aquel entonces me acostumbré a escribir de forma cotidiana. Carta tras carta, me dirigía no solo a personas relacionadas con la masonería. Mis cartas se dirigían a Cuba -a donde quería ir como fuera-, a la Xunta de Galicia y hasta a la sede de la OTAN en Bruselas.
Pero gracias a aquella puerta que se abrió ante mí en París pude tomar contacto con la Logia Toulouse, en la rue de l´Orient. Nunca podría haber imaginado que luego el tiempo me depararía la posibilidad de conocer mejor aquel lugar. Además se daba la circunstancia de que una de las personas con las que trabé amistad, Emer Lavin, estudiante de Derecho irlandesa y católica, vivía en la misma calle, y casi frente a la sede de la Logia. Nuestros debates eran muy animados. A ella, su catolicismo militante, no le permitía ver las cosas de la misma forma que yo. Pero a mí todos aquellos diálogos casi diarios me permitieron solidificar aun más mis convicciones.
Recuerdo bien haber asistido a una conferencia sobre la Franc Masonería. Recuerdo que luego, pasado el tiempo, siendo ya masón, volví a entrar en aquel local que reconocí inmediatamente. Reconocí el techo bajo, el compás y la escuadra trazados en una baldosa del suelo...
Dirigí mi primera petición de entrada en la Masonería a la Logia Toulouse. La historia quiso que Toulouse fuera capital de la República española en el exilio, y que esta logia tuviera una vinculación extraordinaria con el exilio español. Allí por ejemplo trabajó el Hermano José Artime Fernández, a quien llegaría a conocer en el año 2004, en noviembre, recién fundada la Logia Rosario Acuña. En cierta manera, ideológicamente, aquel paso suponía no separarme de mis orígenes: en otro momento he hablado de la España que me heló el corazón, y aquel paso, casualmente, me mantenía muy unido a todas aquellas ideas y vivencias que habían ayudado a formar mi pensamiento.
El tiempo dejó de ser mi aliado. Un año pasa rápido; un curso universitario es realmente un lapso de tiempo que transcurre fugaz. Y cuando además uno se siente agusto, la velocidad de las agujas del reloj se multiplica. No hubo posibilidad de dar los pasos para formalizar mi pertenencia a la masonería en Francia; únicamente pude sentar los cimientos de una construcción que se revelaría muy dura y complicada. Pero eso es ya otra parte de la historia.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Interesante y muy personal visión de la masonería en Asturias, lo que arroja datos importantes. Aunque no debería titularse "Personal historia de la masonería asturiana" o similar
Un lector

Ricardo Fernández dijo...

Pues podría ser; quizá por eso el título es "una historia..." y no "la historia...". Creo que se entiende bien que se trata de mi peripecia personal.
Gracias por el comentario.

sagasta dijo...

Interesante y bonita historia...diria que incluso romántica...

Es un placer leerte Ricardo.

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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