viernes, mayo 12

Una historia de la Masonería en Asturias I. De Silvela a Francia

Hay algo sobre lo que pienso que nadie puede escribir: son las vivencias personales experimentadas a lo largo de varios años de pertenenencia y militancia activa en la Masonería. Y dado que este es un capítulo un tanto oscuro en lo referente a Asturias y los últimos años, y que yo he sido un poco espectador y otro poco protagonista, me gustaría, despacito, desgranar lo que ha sido mi paso por esta institución desde el principio hasta llegar a los días actuales, donde se viven quizá los momentos en que se percibe que por fin, un sueño tan anhelado, comienza a hacerse realidad.
La primera vez que escuché la palabra "masonería" fue en Galicia, en la casa de mis abuelos paternos situada en Silvela. Creo que tenía más o menos unos quince o dieciséis años; y uno de mis tios, recuerdo que delante de mi abuela, me preguntó por el asunto. La verdad es que no tenía una idea muy clara entonces. Pero sí guardo en la memoria la certidumbre de que mi abuela sabía a su manera más del asunto que ninguno de los que estábamos a la mesa cenando en ese momento: "La masonería es algo malo. No quiere la religión", sentenció.
Habría que explicar que yo soy uno de esos españolitos de Machado, a los que una de las dos Españas le heló el corazón. Evidentemente a mi abuela paterna le heló el corazón otra España distinta a la mía. Y como podrá imaginarse quien esto lea, soy uno de esos abundantes ejemplos de niños nacidos en los años sesenta y setenta, en el seno de familias formadas por padres y madres que provenían de mundos ideológicos que veinte o treinta años antes se habían matado sin contemplación alguna.
Volviendo al origen de esta relato, recuerdo ahora que aquella expresión de mi abuela generó en mí la evidente reacción contraria que se podría esperar. Creo que fue por aquel entonces que comencé a leer los primeros textos, enciclopedias fundamentalmente, donde pude apreciar que la masonería no era enemiga de la religión exactamente; sino que más bien se enfrentaba a aquello que representaban quienes habían ahogado en sangre el país en el que había nacido. Pude leer sobre la proximidad de aquella organización misteriosa a los principios que encendieron la Revolución Francesa; y así, poco a poco, merced al lazo con Francia del que ya he hablado en otro texto, fue haciéndose fuerte mi curiosidad por una entidad invisible que no existía en mi ciudad.
Recuerdo que en aquellos años leía muchas biografías. Y frecuentemente me encontraba con que el personaje en cuestión había militado en "la masonería". Muchos de los libros no decían más. Ahí se quedaba la afirmación y allí me quedaba yo, con más preguntas que respuestas.
Algo hubo que me impactó especialmente. Entre aquellas biografías fui a dar con un personaje que me marcó en cierto modo: Santiago Ramón y Cajal. Curiosamente mi existencia ha tenido una especial vinculación con la medicina; debo muchas cosas a un médico y una médica con los que comparto una vida intensa. Debo una gran amistad, un cariño indescriptible, algún momento dolorido -que no doloroso- y una lealtad inquebrantable. A este otro médico que encarnó a su manera una nueva Ilustración en una España pobre y atrasada, le debo quizá haber tenido una primer noción clara de lo que era la Masonería. Don Santiago era masón. Don Santiago, el Premio Nobel con el que tanto se había vanagloriado el pobre ego de una España triste, había pertenecido a la Masonería; aquella organización tan denostada por la dictadura y por quienes habían sido sus fieles siervos. Si Don Santiago había sido masón, la cosa no podía ser definitivamente tan mala como había dicho mi abuela, porque Don Santiago había sido un hombre verdaderamente excepcional, comprometido, progresita e irrepetible.
Ya con diecinueve años mis esfuerzos se empezaron a orientar a buscar una Logia Masónica en Oviedo o en Gijón. Recuerdo que tenía que hacerlo de forma clandestina. Como mi modestísima actividad política. Recuerdo con especial simpatía y cariño a mi madre, siempre preocupada porque no me metiera en ninguna organización "por lo menos hasta que terminara la carrera". Sé bien hoy que aquel miedo de mi madre, aquel precavido temor, no obedecía más que a protegerme para evitar que me sucediera lo que le había sucedido a gran parte de los miembros de su familia: Todo el mundo entenderá que mi corazón se heló por el mismo sitio que a esa familia, y que corazones como esos siempre han sido más delicados. Mi madre siempre lo ha sabido muy bien.
Mi convicción "promasónica" llegó a ser tan intensa que hasta fui capaz de salvar la distancia creada entre el Partido Comunista y la Masonería: La Komintern hacía muchos años que había prohibido en su día la "doble afiliación" y había declarado aquel invento como un engendro burgués. Y de aquella yo era muy comunista. Quizá tuve la suerte de que justo en pleno auge hormonal prosoviético en mi cabeza, se desmoronó el Telón de acero y Julio Anguita comenzó a volverse loco. Aquello me dio qué pensar. Mucho qué pensar.
La suerte se puso de mi parte en plena búsqueda en el año 1991. Recuerdo que fue un año de mucho trabajo en la Facultad. Estudiaba cuarto de Derecho. Era el año más complicado de la carrera; el que más asignaturas acumulaba. No sé cómo lo hice, pero conseguí liquidar todo aquel suplicio teórico impartido en muchos casos por inútiles en el mes de Junio. Seis fuimos los afortunados en un aula de ochenta y pico personas. Y el destino quiso que ese año existiera una convocatoria de becas para estudiar fuera del país. No lo dudé un minuto. No comenté nada en casa. Creo que fue la primera vez que recurrí al sistema de hechos consumados e irreversibles que luego he aplicado muchas veces.
La beca salió adelante. Y ante mí se abrió la posibilidad de un verano feliz y un quinto año de Derecho en una ciudad que luego descubrí maravillosa: Toulouse, Francia.
Empezaba la Libertad con mayúsculas para mí. Empezaban los sueños que se hacía realidad casi al instante. Empezaba, creo, uno de los momentos más felices de mi vida. Pero antes de marcharme ocurrió algo especial. Un día, casualmente, descubrí una publicidad acerca de una exposición en la casa natal de Jovellanos: La Masonería.
Por fin aparecía algo relacionado con aquello que me obsesionaba enfocado de forma científica. También tengo en la memoria el instante en el que me acerqué desde la playa hasta la casa natal de Jovellanos. Aquella exposición tenía que organizarse en Gijón. Era evidente, y sigue siéndolo, que la ciudad en la que he nacido tiene una predisposición hacia el aperturismo que no tiene, por ejemplo, aquella en la que vivo ahora, Oviedo, que sigue siendo la Vetusta de Clarín. No hace falta para comprobarlo más que salir un domingo a dar un paseo. Sea por la mañana o por la tarde, uno puede encontrarse a las Regentas o a los personajes del Casino al doblar cualquier esquina.
En la exposición me encontré con quien había sido mi Jefe de Estudios en el Instituto Jovellanos, Guillermo, excelente profesor, gran persona, y toda una sorpresa y un hallazgo para mí al encontrarlo en un evento como aquel. Allí conocí, gracias a él, a Emilio La Parra, director del Instituto Juan Gil Albert, de Alicante, que era quien organizaba aquella exposición. Y a través de Emilio pude acceder a las primeras direcciones de masones, que no eran un invento, ni una quimera, ni un fruto de la propaganda antifranquista.
Pocos días después de aquella primera visita que repetí otras dos veces, me subía a un autobús despidiéndome de mis padres, cargado con una pesada y vieja maleta de color verde en la que llevaba toda mi ropa marcada pacientemente por mi madre, y con las ganas de llegar cuanto antes a Hendaya para subirme al tren que desde allí me llevaría a Toulouse. Francia era ya una realidad y a partir de ahí todo cambió: Eso será otra historia de la Masonería

2 comentarios:

Anónimo dijo...

I really enjoyed looking at your site, I found it very helpful indeed, keep up the good work.
»

Anónimo dijo...

I find some information here.