domingo, mayo 7

Apostasía



No hace muchos días repasaba una entrevista de este respetado ciudadano, Gonzalo Puente Ojea, que tanta satisfacción me produce leer y escuchar cuando no se pone muy radical. Creo recordar que la primera vez que oí su nombre fue allá por el final de los años ochenta. Recuerdo tibiamente la polémica que envolvió su presencia en el Vaticano, ejerciendo como embajador ante este Estado atípico y totalitario tras su designación para ello por el Gobierno de Felipe González. Y aunque entonces yo era muy jovencito, tuve la suerte de venir al mundo y formar parte de él en una familia que no me privó de la educación histórica (y mi familia tiene mucha historia a cuestas), ni me hurtó la formación política ni ética. Quizá por eso guardo memoria de muchas cosas aun cuando fuera niño, y puedo sorprenderme con el desconocimiento que hoy existe del pasado más reciente, el que hemos vivido y también el que vivimos cada día.

El caso es que desde la primera vez que oí hablar de Gonzalo Puente Ojea he ido siguiendo su trabajo y sus opiniones, unas veces con más intensidad, otras con menos, pero con la fortuna de identificarme en ocasiones con su pensamiento.

Volviendo a la referencia que hacía al comienzo de estas palabras sobre una entrevista, me llamó la antención la respuesta que en ella daba el Sr. Puente Ojea a la pregunta de si había apostatado. Contestaba negativamente, señalando que no lo había hecho porque no le daba ninguna trascendencia al sacramento del bautismo y, seguir el trámite eclesiástico implicaría reconocer esa trascendencia.

Dado que yo he cumplimentado todos los pasos requeridos para formalizar mi apostasía, y con idependencia de que la cuestión no me parece tan trascendental, sí me he planteado a raíz de la observación cuáles han sido los motivos exactos por los que he dado el paso de darme de baja de la asociación religiosa católica. Desde luego no he tenido conciencia de darle trascendencia a un sacramento, más cuando no sé ya exactamente qué es un sacramento. Pienso por el contrario que no se puede presuponer que alguien que apostata da trascendencia a un acto confesional. Es posible que esa trascendencia se la dé la Iglesia, pero no quien da el paso.

En mi caso dos son los factores que me han movido a apostatar: El primero ejercer mi soberana voluntad. Desde el nacimiento de un ciudadano la costumbre existente no es la de administrar un sacramento, sino cumplir socialmente con una apariencia o determinado rito. Cierto es que la Iglesia huye, o pretende huir, de todo aquel mercantilismo que impregna determinadas ceremonias. Pero cierto es también que se beneficia de tanta pompa y boato. Y en todo caso, aunque no existiera el dispendio económico, cierto es que muchos de los que dan el paso de bautizar a un hijo sin esperar a que éste tenga uso de razón para saber en qué consiste tal acto, quieren cumplir con un trámite que evite un inoportuno "qué dirán". Afortunadamente esto ya no plantea tantos problemas hoy, pero en los tiempos de mi nacimiento no era precisamente un régimen de libertades el que existía; ni tampoco la Iglesia Católica era ajena a la dictadura y al totalitarismo religioso españoles. No puedo echarles la culpa a mis padres, pues no la han tenido, siendo más bien víctimas de la situación. Y así sucede con una gran parte de la población.

Frente a la imposición me parece legítimo que al día de hoy hagamos uso del estado de libertades públicas existente; y eso es lo que he hecho: Darme de baja en una asociación en la que se me inscribió sin mi consentimiento; sin esperar a que yo pudiera decidir. Que los católicos lo llamen apostasía o acto formal de abandono de la Iglesia Católica me trae sin cuidado. No he hecho otra cosa que interesar de la citada asociación la aplicación de la normativa de protección de datos existente en mi país, aprobada por el Parlamento, expresión de la soberanía del Pueblo.

Otro motivo para actuar así ha sido la afortunada tozudez con que se ha ido revistiendo mi carácter con el paso de los años. Lo llaman perseverancia, creo. Recuerdo la primera petición que hice hace años al anterior Arzobispo. La Iglesia, tan respetuosa ella con los credos y opiniones de los demás no atendió mi petición. No llegó a contestar. Sin duda lo hicieron por mi bien.

La segunda ocasión en que solicité la petición de baja en los ficheros de la organización de la que hablamos recurrí, como ya digo, a la aplicación de la legalidad vigente: una amenaza con un procedimiento judicial por vulnerar la normativa de protección de datos ha representado el lenguaje fácilmente entendible por los sabios doctores de esta confesión benéfica, tan "respetuosa".

Hay un partido político, el Partido Comunista, o su fórmula leve para concursos electorales, Izquierda Unida, que cree haber descubierto la pólvora con la cuestión de la invocación de la normativa sobre protección de datos frente a la Iglesia. Pero esto ya lo venimos practicando algunos desde hace tiempo, así que, señoras y señores, quien quiera borrarse no por no constar en el anuario católico, ni en los ficheros, ni por dar trascendencia a un sacramento, sino por ejercer su santa voluntad y su libertad individual, tiene el camino abierto para poder hacerlo. Si tienen alguna duda, otro día les cuento cómo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

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