domingo, abril 2

Los primeros pasos

Siempre he querido dar un primer paso ante el mundo. Quizá sea este. Dicho así puede resultar pretencioso y poco modesto. Pero creo que se me podrá entender.
Bien es verdad que este mundo es muy pequeño, y que los pasos que puedan darse apenas sí se podrán escuchar. Pero no puede negarse que, por pequeño que sea el mundo, a uno le entran muchas ganas a veces de gritar a los cuatro vientos todo lo que le llena el cuerpo hasta desbordárselo. En definitiva, que no se trata tanto de caminar como de dar voces para quedar satisfechos.
A lo largo de muchos años me he mordido la lengua; y creo que tengo que seguir haciéndolo. Pero de vez en cuando podré permitirme pensar en alto sobre tantas y tantas cosas que me preocupan de mi Asturias querida y de esa vocación inquietante que ha sido para mí la pertenencia a la Masonería.
En efecto, desde que asistiera a la Exposición que el Instituto Juan Gil Albert organizó en la Casa Natal de Jovellanos sobre la Historia de la Masonería española, en Gijón, hasta el día de hoy, en el que continúo llevando sobre la espalda el compás y la escuadra, han pasado muchas cosas.
No se trata tanto de contarlas -que todas no se pueden contar- como de pensar en voz alta acerca de un proyecto siempre nuevo e ilusionante que ha ocupado mis días.
No se trata tanto de convertirme en el analista que no soy de la realidad asturiana, como de reflexionar a través de la letra y la palabra, buscando la complicidad de quien me lee, y ayudando a que las ideas vuelen empujadas por el viento de los nuevos tiempos. Y también de los viejos.
Aquí quedan las primeras palabras. Luego vendrán otras. Todas irán al encuentro de un empeño que me ha guiado la mayor parte de mi vida:
Que algún día se abran en el mundo esas grandes alamedas por donde han de caminar hombres y mujeres. Alamedas soleadas, de viento apacible, de juegos pequeños...

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