martes, abril 11

La Francia que grita.









Ah! Francia, qué solo estaría el mundo si tú no
existieras...









(Autor de la fotografía: Manuel Baena)



El primer verbo que mi madre me enseñó a decir en francés fue "crier", gritar. Tenía once años cuando aprendí a pronunciar esta mágica palabra. Soy hijo de emigrantes. Y en mi casa hay tanto que agradecer a Francia que cuando llegó el momento de optar en el colegio por el aprendizaje de un idioma foráneo, entre el inglés y la lengua de Voltaire no hubo ninguna duda.
Los recuerdos de mi niñez están plagados de referencias laborales francesas. Mis padres cruzaron la frontera de la España de Franco para poder comer con su trabajo al otro lado de los Pirineos. Allí consiguieron dar los primeros pasos hacia lo que conocemos como clase media; y allí recibieron las primeras nociones de lo que es -o fue- el Estado del bienestar.
Mi madre recuerda como la ciudad de Metz quedó paralizada durante el mes de mayo de 1968. Y mi padre tiene todavía hoy presente la huelga de la construcción que entonces le dejó temporalmente sin trabajo. Los dos recuerdan la aparición televisiva del General De Gaulle... Debió ser en los días en que Chirac, el actual Presidente de la República, negociaba con los sindicatos los pactos de Grenelle que pusieron fin a aquel desorden que marcó a toda una generación... Y, pensándolo bien, a más de una generación, pues no deja de ser cierto que cada vez que en Francia hay un disturbio su magnitud se mide en función de aquello que sucedió en 1968, llevándose por delante los adoquines del Quartier Latin de París.
Yo continúo la saga familiar y también tengo mucho que agradecerle a Francia. Allí encontré con 20 años una noción de libertad que no fui capaz de vivir en mi casa. Accedí a la experiencia de la Universidad republicana en Toulouse, y pude conocer mejor una sociedad que se había dibujado de forma idílica.
Llegados a estos días no puedo evitar reconocer el acierto de mi madre al enseñarme ese primer verbo: "crier". Pues la palabra lleva consigo toda una forma de ser muy francesa. Las masas de estudiantes en la calle que estos días han salido a enfrentarse al desatino de Dominique de Villepin son quizá una prueba fehaciente de lo que digo. Pocos son los pueblos europeos, incluyendo el mío, que tienen esta facilidad para salir a la calle y sostener el pulso al gobierno de turno, en este caso por emprender una reforma laboral salvaje sin debatir siquiera la cuestión en la Asamblea Nacional.
Pero también es cierto que pocas sociedades europeas atraviesan una crisis de tanto calado. Que Francia no es lo que era en estos días es algo que no se le escapa a nadie. No puedo saber si se trata de una crisis social o de una crisis política a gran escala, pues la distancia me impide hacer esas valoraciones. Pero percibo que algo no funciona.
Desde que salió el rotundo No al proyecto de Constitución Europea en el mes de mayo del año pasado, todos sabemos que algo sucede. Quizá sea cierto que hay una sociedad francesa que sigue mirando única y exclusivamente hacia lo que sucede dentro del hexágono, ignorando al resto del mundo; quizá sea cierto, como me decía no hace mucho un buen amigo, que existe una Francia profunda; y quizá sea también verdad que, además de todo eso, una gran parte de los franceses siguen albergando un espíritu crítico hacia las transformaciones que el mundo experimenta, espíritu crítico que a la larga permite alumbrar cambios trascendentes y que no se quedan en lo meramente superficial. Pero además, creo yo, Francia en estos momentos carece de una clase política capaz de reorientar al país, de recibir la opinión de la calle, de explicar en qué consisten los cambios tanto del mercado laboral, de la economía en general o de la construcción europea.
Lo que ha sucedido estos días me lleva a pensar que los políticos franceses con cierta relevancia son nuevos aristócratas alejados de la realidad. Y es que en la victoria popular de esa alianza obrera y estudiantil que se ha puesto en práctica, puede estar encerrado el mismo germen de una derrota futura. A nadie se le puede escapar que el gran beneficiario de todo este episodio ha sido Nicolas Sarkozy, populista en el peor de los sentidos, y representante de una derecha rancia que aquí en España encarnarían todos los que engañaron a la ciudadanía el once de marzo de 2004. En efecto, derrotado y quemado Villepin, con un Chirac completamente acabado, es Sarkozy el que aparece como heredero sin mancha de la Presidencia de la República el año que viene. Ante la caída de la peor derecha, es la derecha nefasta quien parece llamada a efectuar la sustitución.
Y ¿por qué digo que en la victoria actual puede venir encerrado el germen de la derrota? Porque si podemos hacer un análisis más o menos claro de lo que ha sucedido a la diestra, no podemos hacer lo mismo respecto a quienes están frente a ella: La izquierda ha sabido decir ¡No!, o ha aprovechado el movimiento generado por los que decían ¡No!; pero no ha sabido decir qué hacer, qué haremos. Y eso es lo verdaderamente preocupante. Porque no basta negar sino que es necesario orientar, crear y construir para que el mundo y las sociedades cambien. Esa es la Francia que yo añoro. Esa es la Francia que iluminó al mundo. Y esa es la referencia que muchos llevamos dentro del corazón, en nuestra educación y en el cariño con que se nos enseñó a admirar a un gran pueblo para, aprendiendo de él, mejorar las condiciones del nuestro.
Por eso, "crier", no sólo significa en mi casa gritar. También quiere decir "soñar", pero de una forma distinta a aquella en que se construyen los sueños del abatimiento y del cansancio. Y la Francia que ahora grita no está soñando.