sábado, abril 22

Día de Guardia


Muchas veces he tenido ocasión de escuchar ese vituperio dirigido a las nuevas generaciones y que señala que, dado que no han conocido dictadura alguna es lógico que caigan en el desprecio mismo hacia unas libertades de las que han gozado siempre y que, por tanto, no valoran.
Hemos oído todos quizá, que nuestro estado de democrático se encuentra plenamente consolidado; que ya no es necesario plantearse las cosas de forma tan radical como lo hicieron nuestros abuelos; que hay cosas que no pasan en nuestras sociedades, y que si suceden, el sistema funciona de tal forma que ningún pisoteo queda impune.
Sabemos por contra, o al menos muchos tenemos la certeza, que lo anterior no es así. Ni todas las nuevas generaciones son tan despreocupadas; ni nuestro mundo perfecto es tan inmaculado.
Pero el huevo de la serpiente siempre está ahí. No hay libertad conquistada que no tenga que ser defendida. No hay generación que pueda librarse de la obligación de conocer qué es una democracia; qué son las libertades públicas con las que se garantiza la pacífica convivencia de la ciudadanía; cuáles son las obligaciones que todos tenemos con ese mismo fin de coexistencia posible de las personas; qué medios de protección, de defensa, han de crearse o utilizarse para hacer frente a las continuas amenazas que ese delicado equilibrio en el que vivimos nuestros felices días pueda mantenerse.
En el día de hoy ha sucedido algo que describiré aquí, pues creo que a alguno le sacudirá por dentro a pesar de vivir en la civilizada, occidental, rica y democrática sociedad española.
Un ciudadano, M. B. , tras muchos abatares en su vida, logró cruzar África saliendo de su Senegal natal. M. B. tiene poco más de cuarenta años. Lo más probable es que haya dejado a su familia allá, lejos. En España viaja por el país. Vive como puede. Y llega a la ciudad de Gijón.
Un día de abril- hoy- sale por la mañana a hacer la compra. Viste mal; un pantalón roto, manchas en el polo de imitación que lleva, playeros desgastados, calcetines raídos. Lleva una bolsa de plástico con unos plátanos que asoman visiblemente su color amarillo, una lechuga y unos yogures que acaba de comprar. Y lleva consigo ocho Cd´s. Ocho. Ocho. Ocho.
La eficiente policía municipal de Gijón, observa al ciudadano M.B. Dos agentes, embutidos en esas polainas diseñadas en su día para invadir Polonia, se dirigen a este ciudadano que, en situación irregular, se pone nervioso. Le revisan la bolsa. Aparecen los plátanos y los ocho Cd´s.
M.B. es conducido a la Comisaría Central de Policía. Su delito: quebrantar la normativa española contra la Propiedad Intelectual. Por supuesto, M.B. probablemente será expulsado de nuestro pacífico y próspero suelo. Ni que decir tiene que M.B. no pudo recuperar sus plátanos ni el resto de su compra. Tampoco hay que decir que M.B. tuvo un arranque de dignidad y protestó. Por ese motivo, la eficiente policía Local gijonesa amplió su denuncia, imputando a este ciudadano los delitos de desobediencia y resistencia. Ni que decir tiene que M.B. me comentó que le habían golpeado para sentarlo dentro del coche que le trasladó a los calabozos.
No puedo preguntarme otra cosa que ¿qué estamos haciendo?
Por la tarde asistí a un joven que había participado en lo que se conoce como "riña tumultuaria": una "melée" en la que no se sabe quién golpea y quién recibe el golpe. Los hechos parece que sucedieron durante los días de semana santa. Y el joven al que yo asistía salió del campo de batalla en ambulancia, con una fractura de cráneo. La eficiente policía local, cuando llegó al lugar, se limitó a identificar a las personas presentes. Ni una sola detención a pesar de la cabeza rota. Una semana después, una semana, es la policía nacional la que ha comenzado a tomar declaraciones. Evidentemente, ninguno de los jovenes tumultuarios era negro. Probablemente todos llevaban ropa de marca. Seguramente no tenían mala pinta al hacer la compra porque, entre otras cosas, no hacen la compra.
El otro día hablaba de la Utopía que debería reinar en el Templo de la Justicia. Hoy me encuentro en una Guardia con la contradicción de un sistema que, unas veces no funciona, otras ha sido incapaz de reaccionar ante poderosos ladrones y criminales, pero que actúa con toda contundencia contra un inmigrante indefenso al que se le puede venir el mundo encima.
Cuando comencé a ejercer la abogacía recuerdo la primera lección, o una de las primeras lecciones, que recibí de quién me ha enseñado a pensar (que no es poca enseñanza): "La Justicia es débil con los fuertes y fuerte con los débiles".
Y lo peor de todo es que esta verdad que me he negado a reconocer durante años, empieza a cobrar sentido en un sistema en el que, de vez en cuando, alguien es engullido ante mis ojos en las ruedas fatales del abuso y de la inhumanidad
¿Hacia dónde vamos?

No hay comentarios: